Los Ziegler en Canadagasá

Para ensayar una vida más segura, Guillermo se autoexilió a 10 mil kilómetros al norte con su familia y toda la energía para “comerse crudo” a Canadá.



Guillermo Ziegler, “un porteño con suerte” como él mismo se define, sitúa el declive de su buena fortuna en paralelo a la pendiente del país: “Allá a fines de los 90 tuve la suerte de caer bien parado en una empresa de primera línea, en un muy buen puesto hasta que la mentira del 1 a 1 se terminó, ‘El Carlo’ también y todo lo que vino detrás ya lo conocemos… De ahí en adelante nuestra vida fue un sube y baja profesional, económico y personal del cual nunca nos pudimos recuperar. Año a año luchamos contra fantasmas propios y ajenos en pos de lograr una recuperación que nos pusiera nuevamente en el lugar que pensábamos debíamos estar y que nos permitiera una luz de esperanza hacia el futuro. Pero no. Eso, sumado a decenas de problemas coyunturales, crecimiento de la delincuencia, sensación de inseguridad y demás eventos que me voy a ahorrar describir, hicieron que nos pusiéramos a pensar seriamente en hacer las valijas”.

Les Ziegler et le Québec

“El tema era dónde. ¿Quién nos ofrecía las condiciones mínimas y necesarias a las que aspirábamos y, al mismo tiempo, estaba interesado en abrirnos las puertas? El ganador fue Quebec, la provincia francófona de Canadá, una sociedad en la que la gente se jubila a un ritmo mayor al que logra tener los hijos necesarios para sostener a esos jubilados. Para febrero de 2004, luego de casi 14 meses, teníamos la documentación lista, las valijas hechas, los muebles en el barco y cuatro abuelos enojados. Nos subimos al avión para comenzar el vuelo más largo del mundo hacia la ciudad de Gatineau, con la ilusión de quien se sabe ganador y con las ganas de comerse a Quebec y Canadá bien crudos. Esa misma energía que debe haber sentido Bielsa en el 90 cuando agarró la primera de Newell’s o Poy al tirarse de cabeza en el 71. Quién sabe… es una mezcla de sensaciones muy complicada de explicar. Te vas, dejás todo atrás y decidís quemar las naves en otro lado donde pensás que está tu futuro y el de tus hijos y donde sólo te espera… nada. Porque cuando llegás no te espera nada más que la certeza de que está todo por hacerse”.

Los lazos del exilio

“El haber contado una vez allí con una red de compatriotas que nos ayude con nuestra adaptación fue realmente invaluable. Esos primeros meses forjaron los lazos con amigos que se han convertido hoy en nuestra familia en el exilio, nuestros compadres, nuestros nuevos hermanos para nosotros y los nuevos tíos para los hijos.

Con ellos comenzamos a transitar un nuevo mundo donde la gente hablaba un francés difícil de entender, donde el inglés no siempre era socialmente aceptado y, en algunos casos, hasta te podía cerrar puertas. Lentamente tuvimos que ir aprendiendo a matar la ansiedad y a lidiar con otros tiempos. De la sociedad de las urgencias y el ‘para ayer’ llegábamos a la sociedad del ‘cuando corresponda, como corresponda’. Del país donde sabían de dónde venía llegaba a la sociedad de ‘no sé quien sos’. Había que empezar de vuelta, cambiaban nuestros paradigmas”.

Eligiendo la orilla del río

“Los primeros meses en Quebec fueron pasando paulatinamente del entusiasmo al desencanto. El tiempo pasaba, y el trabajo que permitiera evitar la constante salida de ahorros no llegaba y, la verdad, con el francés -y los quebecos- no terminaba de llevarme bien… hasta que, del otro lado del río, llegó la oportunidad que cambiaría todo. Luego de 9 meses una compañía de Ontario nos llevó a vivir ‘tierra adentro’. De vivir en la región de la capital nacional, pasamos a una ciudad con el 10% de la población, en el medio del campo, donde las granjas eran cultivadas por menonitas salidos de la película de Harrison Ford… pero esta vez con trabajo asegurado. Los dos años en esa ciudad no sólo nos permitieron afianzarnos en lo profesional y vivir ya de manera más parecida a la que estábamos acostumbrados, sino también acercarnos más y mejor a las costumbres locales y comenzar a integrarnos a Canadá con sus cosas buenas, malas y feas… pero sus cosas al fin. Tanto nos acomodamos que, en ese tiempo, tuvimos nuestro tercer hijo. Pero, como siempre hay un ‘pero’, nos faltaba algo. Nos faltaban ellos, los amigos, los que nos habían agarrado la mano y enseñado a andar en bicicleta. Había que mudarse nuevamente o arriesgarse a morir de pena. Al son de ‘una más y no jodemos más’, encaramos la vuelta hacia la región que nos había visto llegar. Y aquí estamos, disfrutando de las delicias de la vida a -20 en invierno y +30 en verano…

Haber inmigrado a Canadá fue, hasta ahora, una decisión acertada. En cuatro años pudimos obtener un estándar de vida similar al que teníamos en Argentina y que nos había costado muchos años de esfuerzo conseguir y sólo un par de devaluaciones perder. Pero lo más importante es que nos podemos olvidar la puerta abierta y saber que mañana estará completa Que todo lo que logramos hoy estará mañana y no se irá por algún decreto de necesidad y urgencia. Podemos darnos el gusto de vivir en una sociedad con respeto por el otro y por las reglas. Podemos trabajar en empresas donde no sólo somos recursos, sino también humanos. Podemos criar a nuestros hijos sin miedos. Disfrutar de la vida sin miedos. A cambio, debemos saber que de vez en cuando las cosas no son tan ideales ni perfectas. Que el invierno se puede hacer más largo de lo que uno quisiera y el verano más corto de lo que nos gustaría. Que estamos lejos de los afectos. Que las cosas de todos los días ya no serán las mismas aunque nos traigan dulce de leche. Que las reglas de convivencia son diferentes. Que la educación es diferente y que… que bueno… ¡si uno quiere celeste, que le cueste!”.

Cinco años de autoexilio

Para leer más sobre la aventura de los Ziegler en Canadá, Guillermo invita a hacer clic en su blog: http://loszieglerencanada.com/30noticias

Publicado en 30NOTICIAS, el 28/10/09, EDICIÓN IMPRESA, nota 6


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