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Historias de argentinos en el exterior

En marzo de 2004 Marina partió a Dublín con visa de estudiante y al poco tiempo consiguió el permiso de residencia. “Soy de las que piensa que el tren pasa una sola vez: o lo tomamos o lo dejamos ir”.

Aunque su plan original era quedarse por un tiempo para perfecccionar el inglés, en el camino conoció a un irlandés que la llevó a reformular su objetivo allí. “Tenía la ciudadanía italiana por mi familia, pero además tuve la suerte de encontrar rápidamente un trabajo de medio tiempo en una escuela secundaria, como profesora de español para adolescentes”, cuenta Marina Lanzarini (30 años), quien reside en Dublín desde hace ya 6 años. “Mi encuentro con esta ciudad fue un verdadero flechazo, así que ni lo dudé. Enamorada del lugar, de Tim (mi marido ahora), de la experiencia en general de vivir en otra tierra y todo lo que se puede aprender… ¿qué podía salir mal? Soy de las que piensa que el tren pasa una sola vez: o lo tomamos o lo dejamos ir. Yo decidí tomarlo”.

Tierra de rugby y desayunos explosivos

Cuando recién llegué a Irlanda, algo que no pasó desapercibido fue la pasión nacional por el rugby. En mi vida había visto un partido de rugby, y acá empecé a engancharme porque es inevitable: vivir con un irlandés, pretender relacionarme con su familia y tener amigos irlandeses, me crearon la ‘obligación’ de comenzar a interesarme por este deporte que siempre me había parecido tan brusco. Ahora es casi un rito ir los fines de semana al estadio y aguantarse el partido con lluvia (¡porque acá llueve 6 de cada 7 días y los estadios no son cubiertos, una gran contradicción!).

Otra cosa a la que tuve que acostumbrarme si quería compartir la primera comida del día con Tim o con algunos amigos afuera, fue el desayuno de aquí, el ‘irish breakfast’, que está compuesto de pan cocido con soda y manteca, pastel de papa, huevo frito, panceta, salchicha… ¡El primer tiempo vivía con antiácidos en el bolsillo! La mayoría de los platos típicos irlandeses, al principio no me gustaban para nada… La Mussel soup (con mejillones, crema de pescado y verduras), las ‘fresh oysters’ (ostras que se sirven sobre hielo para acompañar con cerveza negra), la Dublin coddle (una sopa que se hace triturando salchichas, jamón, panceta, papas y cebolla y que se come con pan), etc.

Creo que la manera de comer en Argentina es muy pero muy sana comparada con las montañas de comida y grasas que se consumen en general en Europa”.

La pasión nacional

Por otro lado, aprendí muy rápido la tradición local según la cual si alguien te invita a un pub, la primera ronda jamás se paga y uno está obligado a beber tantas veces como el irlandés que te acompaña (negarse a esto sería muy ofensivo para ellos). Para participar del brindis colectivo, la palabra que es necesario pronunciar es ‘sláinte’ (‘salud’ para nosotros).

Son grandes apasionados por su cerveza negra, sobre todo si viene directamente de barril y a una temperatura de 12 grados (¡jamás se toma helada como la rubia, eso es un insulto para ellos!). Según dicen, el patrono y evangelizador de Irlanda (San Patricio) tenía debilidad por ella y por eso el 17 de marzo (día de este santo) los irlandeses beben y beben y siguen bebiendo en su nombre… En estos años presencié las borracheras y los excesos más espectaculares. La gente acá es capaz de dar verdaderos espectáculos colectivos con tantos litros de Guinness en la sangre”.

Aceptar sin protestar

Mi conclusión es que los irlandeses y el espíritu crítico van por senderos diferentes. Acá se aceptan las cosas como vienen y como son. ¿Protestar o amargarse por algo? ¡No vale la pena para ellos! Un ejemplo: un día en clase les estaba enseñando a mis alumnos cómo escribir una carta de protesta, y les pregunté: ‘¿alguna vez tuvieron que hacer un reclamo, o escribir una protesta?’. Les expliqué lo que era la hoja de reclamos, les expliqué lo que era una queja… ¡Nada, nadie! La queja no está en la cultura irlandesa, para bien a veces y para mal algunas otras… No es que haga falta ser un paranoico para quejarse de vez en cuando. Yo no soy precisamente una persona teatral y sin embargo tuve mis momentos reivindicativos y escribí algunas cartas reclamando una disculpa o un reembolso (y recibí casi siempre más disculpas que reembolsos). Otro ejemplo anecdótico de esta actitud de tranquila resignación puede ser su respuesta habitual cuando preguntás qué tal les va: ‘Not too bad’ (‘no muy mal’).

Yo no sé si esta actitud tendrá que ver con su historia (después de siglos y siglos de invasiones, guerras internacionales y civiles, hambrunas, emigración, división, terrorismo… supongo que terminás aceptando que la vida no es un camino de rosas) o con la religión (el mundo como ‘valle de lágrimas’ en el que hay que sufrir para ganarse el cielo), o si será simplemente un elemento cultural, transmitido de generación en generación”.

Gente simpática y orgullosa

En líneas generales los irlandeses son simpáticos y abiertos. No son muy diferentes de nosotros en eso. Sobre todo después de ‘bajarse’ unas cervezas en la barra… ¡se comportan como si fuéramos todos amigos de toda la vida!

Están también muy orgullosos de su pequeño país, al que transformaron en algo que sus invasores (los ingleses) ni siquiera soñaban. Resguardan y enseñan muy bien su literatura por ejemplo; cuentan con cuatro premios Nobel (William Butler Yeats, George Bernard Shaw, Samuel Beckett y Seamus Heaney). Sin olvidarse nunca de los otros tres escritores fundamentales de la literatura irlandesa y en la literatura occidental en general: Jonathan Swift, Oscar Wilde y James Joyce. Todos ellos con un humor ingenioso e irónico que a mí me apasiona”.

Una deuda pendiente

Lo que me pasa al pensar en la Argentina es algo muy particular. La recuerdo siempre linda, siempre excepcional, con una gente siempre afectuosa y que puede reírse con ganas a cualquier hora y en cualquier situación, una gastronomía inigualable, una gente muy trabajadora y creativa, unos artistas increíbles, una literatura de las mejores… ¡casi como una especie de paraíso perdido!

Pero después voy para allá de vacaciones y me quiero morir… El caos, el empujón, el gracias y el por favor que no existen, las injusticias todo el tiempo, la violencia, el estancamiento, las caras de pocos amigos, las malas costumbres… Entonces todo ese hermoso cuadro del país que tengo en la cabeza se derrumba, me siento terriblemente confundida y hasta avergonzada del país de fantasía que me invento estando lejos. Yo creo que, lo que tendría que lograr con el tiempo, es llegar a una instancia en que yo pueda esperar algo realista de mi país sin decepcionarme cada vez que vuelva y estar allá sin que me duela demasiado. Por el momento confieso que carezco de objetividad para hablar de la Argentina que dejé y eso es una deuda pendiente que tengo conmigo misma”.

Publicado el 28/07/2010 en 30N EDICIÓN IMPRESA

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