Emigrar nos vuelve más humanos y paradójicos

Hace 3 años, Gerardo se trasladó a Perú con una oferta de trabajo. Y aunque continúa en aquel país, asegura que algún día retornará a “su lugar”.

“Lo primero que hice cuando llegué a Perú –cuenta Gerardo Roveda (29 años)- fue tomar un taxi y ponerme a rezar: el tipo pasaba todos los semáforos en rojo, atropelló un perro que se cruzó y siguió como si nada (yo tuve pesadillas durante varios días con ese pobre animal). El taxista insistía en que no podía parar porque el de atrás lo iba a chocar a él… Cuento siempre esta anécdota porque en cierta forma resume el shock que significa emigrar a un país que en tantos aspectos va muy por detrás del propio. Porque bueno, irse a un país donde todo funciona es rápidamente asimilable, pero bajar varios escalones y resignar tantas cosas que uno tenía (y que por supuesto se aprecian cuando faltan) no es nada fácil.

Y podría continuar con las anécdotas. Esto sucedió al segundo día de mi llegada a Lima: el propietario del hotel donde me alojé al principio me obsequió ‘ayahuasca’ (planta de la selva peruana que tiene propiedades alucinógenas) como una especie de cumplido, para darme la bienvenida. Yo tenía una muy remota idea de lo que era pero me ganó la curiosidad y lo probé: pasé toda la noche delirando, tratando de acordarme qué hacía en ese hotel, por qué el aire estaba tan espeso… Estaba fuera de mí.

Así fueron mis primeros encuentros con este país que al principio se me presentó en toda su extrañeza”.

Un país segmentado

“Es un país hermoso Perú, con una riqueza y posibilidades de desarrollo enormes, pero en sus comunidades costeras, andinas y selváticas hay mucha pobreza y una enorme desigualdad. Una cosa es Lima (que no es ningún paraíso aclaro), y otra cosa es el resto del país. Lima es un mundo aparte, sus ciudadanos desconocen la realidad del resto del territorio, hablan de la población de la sierra y de la selva como si vivieran en otro mundo… existe una discriminación y un racismo enormes.

Ahora vivo un pueblo de la sierra, donde trabajo en programas de agricultura y ganadería, introduciendo cultivos y razas mejoradas de ganado. Pero estuve también 8 meses en medio de la selva, en un pueblo de indígenas. Allí el índice de analfabetismo y desnutrición eran importantes, los servicios eran sumamente precarios y apenas había puestos médicos. Éramos muchos voluntarios allí, porque el Estado peruano no se hace responsable de esta gente, y por lo tanto nos repartíamos el trabajo de los diferentes ámbitos, como la educación y las técnicas agrícolas.

En Perú casi no existen las políticas sociales y lamentablemente se sigue atendiendo a los intereses de los más privilegiados mientras una gran porción de los peruanos se mantienen callados luchando por la supervivencia diaria. Es terrible. Por eso cuando escucho que mi país, Argentina, es de tercer mundo, me pregunto qué categoría corresponde a éste. Acá hay hasta pibes que venden un riñón o el hígado para tener dinero, y los anuncios aparecen por internet al lado de un clasificado de venta de muebles o una oferta de trabajo. Es ilegal y espantoso, pero ocurre”.

Los sabores finalmente aceptados

“La cocina peruana, al principio me generó mucha resistencia pero con los años se me fue metiendo, en parte porque no me quedaba otra, pero también porque rompí el esquema original que tenía en la cabeza, y así pude empezar a incorporar y a disfrutar de otros sabores. El ceviche me parece ahora riquísimo; lo mismo el anticucho. Y además no es lo mismo comer estas cosas aquí que los platos de imitación que se hacen en el resto del mundo. Hay toda una gran cultura tradicional detrás, es toda una ceremonia”.

La sangre reconoce su lugar

“A veces el desafío es encontrar estrategias para que uno se sienta cercano a la gente, y al tanto de todo. En estos aspectos, las redes sociales y el skype definitivamente te salvan mucho. Por twitter y facebook me voy enterando dónde van mis amigos a ver los partidos.
Juntarse con gente de tu país, cuando se puede, es una buena manera de pasarlo bien. El problema es cuando te toca el partido de tu país en el horario de trabajo y, aunque lo pasen por la  tele, tenés que estar trabajando cuando en realidad quisieras estar en un bar con amigos tomando unas cervecitas o unos mates…

Lo que pasa es que estando lejos es mayor la necesidad de unos mates, del abrazo mañanero de la madre o la esposa, de escuchar a lo lejos una música familiar y pegajosa, de que alguien te pregunte ‘¿y vos qué onda?’. Incluso me ha pasado experimentar una necesidad de volver a todo lo que diariamente era motivo de queja para mí… Es terriblemente paradójico. Pienso que emigrar nos vuelve más humanos y paradójicos. Y por más que estemos lejos, la sangre reconoce su lugar, de eso estoy seguro”.

El racismo existe en todas partes

“Hablando con mis amigos peruanos hace poco, me sentí terrible. Me preguntaban por qué en Argentina se los trataba de ‘peruchos’ y se los menosprecia incluso cuando son inmigrantes legales y con educación. ‘Allá en tu patria nos dicen negros de mierda’, me dijo mi amigo, y yo me quedé un poco paralizado, no sabiendo muy bien qué responderle. Y siguió: ‘Tu gente piensa que las líneas de Nazca fueron de verdad hechas por los extraterrestres y que todos los peruanos orinamos en la calle…’.

Entonces caí en la cuenta de que el racismo existe en todas partes, es mentira eso de que en Argentina nunca se hacen diferencias y que los racistas son los europeos o los norteamericanos…”.

Que vuelvo, seguro

“Para mí no es una opción, es una seguridad. Todavía hay varias cosas que me retienen en Perú, entre ellas una linda mujer canadiense y un trabajo que me hace sentir digno. Pero que vuelvo a Argentina en algún momento, seguro.

A lo mejor si caía en otro país, más funcional, la historia hubiera sido otra. Pero Perú adolece de tanto, son tantas las carencias y hay que luchar tanto por la dignidad, que mi país así como está ahora, decadente y corrupto, es una joyita al lado de éste…”.

El Mundial desde lejos

“Por primera vez en mi vida estoy viviendo un Mundial fuera de Argentina. La sensación es extraña porque soy un apasionado del fútbol y siempre veía los Mundiales en familia; acá en Perú no existe esa sensación de feriado prolongado y colectivo que sí tenemos allá en ocasión de un Mundial (ni la sensación de duelo nacional cuando quedamos afuera…). El primer partido lo vi solo. ¡Solo!”.

Publicado el 14 de julio de 2010 en 30N EDICIÓN IMPRESA

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