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Historias de argentinos en el exterior

Marcela pasó del tumulto y el caos porteño a la tranquilidad excesiva de un pueblo sueco de 3 mil habitantes. El único motivo, dice, fue el amor.

Hace 4 años, Marcela Ventimiglia (38 años) dejaba en Capital Federal “una vida cómoda y armada, un departamento que todavía conservo, y un empleo en el Juzgado Federal“, cuenta. “Me vine a Suecia sólo por amor, no existe ninguna otra razón“.

“Cuando me mudé a Suecia, mi hijo Tadeo tenía 3 años y medio. Su papá tambien es sueco y nos separamos cuando yo estaba embarazada de cinco meses, simplemente porque yo no me quería mudar a este país. Sin embargo, tres años más tarde y a raíz de un viaje a Suecia que debía hacer con mi hijo a pedido de sus abuelos, conocí a Martin, mi actual marido. En menos de dos meses, Martin se vino a Argentina y un mes después, me mudé a Suecia, sin siquiera dudarlo. Renuncié a mi trabajo, dejé mi familia, amigos y la gran ciudad, y me vine a un pueblito costero con tres mil habitantes fijos durante todo el año. Me casé en agosto del 2007 y en febrero del 2008 nació mi hija Olivia“.

De la nube rosa a la melancolía

“Mi primer año en Suecia fue una nube rosa. Todo y todos me parecían perfectos. Sin embargo, a partir del segundo año, el velo se descorrió y comencé a ver la realidad de un país donde en mucho es mejor que Argentina pero tampoco es perfecto.

La melancolía me ganó y me enfermé de nostalgia. Se me enfermó el cuerpo de recuerdos y, como a un novio que se dejó hace mucho tiempo, idealicé a mi patria, a la que aún hoy no he vuelto a pisar“.

Los pro y los contras

“Lo mejor de Suecia es la organización y el respeto por todo y por todos, desde las instituciones y las personas a la naturaleza y hasta los animales. Lo peor es la atención médica: aunque es gratuita, las esperas son largas y los médicos, en general, son inmaduros y poco seguros. Para llegar a un especialista, hay que pasar por el médico de cabecera y veinte enfermeras que deciden tu destino (acá en Suecia la enfermería es un trabajo bien remunerado y con mucha salida laboral… debería haber menos enfermeras y más médicos)“.

Todo se planifica

“El sueco se queja poco y es bastante apático. Es poco espontáneo y sólo sociabiliza en verano y con diez cervezas encima, de otra manera no entiende la diversión.  Hasta los funerales se realizan después de tres semanas o más de muerta la persona, porque ellos entienden que cada uno tiene sus obligaciones y no se  puede dejar todo de un momento al otro, hay que planificar y así se decide una fecha donde todos puedan estar presentes“.

Otra lengua es otro mundo

“El idioma fue una traba desde el comienzo, porque el sueco es bien difícil y además no es un idioma internacional como el inglés. Sin embargo, para mi sorpresa, el 90% de la población sueca puede hablarlo. Es un inglés aprendido en el colegio estatal, porque ya sea estatal o privada, la educación sueca es igual para todos, así que el carpintero y el ingeniero tienen el mismo nivel de inglés al salir del secundario.

Después de cuatro años en Suecia, sigo hablando un sueco con errores gramaticales. Sin embargo mi hijo aprendió a hablar sueco sin problemas en tres meses, cuando tenía 3 años. Hoy en día habla sueco, español e inglés. A mi hija de dos años le hablamos en ambos idiomas y ella contesta en ambos idiomas también.

Sin embargo, justamente por este tema, encontrar trabajo es una traba enorme para mi carrera. Ya casi desistí de buscar un trabajo como abogada, y tampoco me genera angustia no tenerlo, pero me cuesta encontrar un trabajo que no sea manual, que sea intelectual, que es lo que a mí me interesa.

Actualmente estoy en un proyecto con un coach laboral para encontrar mi rincón en este país haciendo algo que me guste. Durante tres años estudié el idioma y un año estuve de licencia maternal (acá es obligatorio), de manera que éste es el momento para empezar a lanzar anclas“.

La igualdad

“El nivel de vida sueco, en general, es muy bueno. Las distinciones sociales no son tan marcadas como en Argentina y uno se mueve con más libertad y sin tantas presiones sociales. Porque la realidad es que acá todos tienen un buen ingreso salarial, un departamento o casa, un auto y vacaciones en Mallorca, Tailandia, Grecia o Turquía, sea plomero, pintor, arquitecto o juez de la Corte“.

Tranquilidad excesiva

“Vivo en un pueblo costero llamado Hunnebostrand, a dos horas de Göteborg, la segunda ciudad más importante de Suecia. De vivir en pleno centro de Capital Federal, a vivir acá, hay una gran diferencia. La tranquilidad me estresa, la ciudad me calma.

Después de varios intentos, pude sacar mi licencia de conducir y eso me dio gran libertad para moverme adonde yo quiera. Sacar licencia de conducir en Suecia no tiene comparación con Argentina: acá hay un examen teórico realmente serio y difícil y un examen práctico de 45  minutos de manejo con un entrenador al lado que no permite errores“.

La nostalgia en primer plano

“Extraño todo de Argentina. Familia, comida, ruidos, lugares. De este lugar, si me fuera, extrañaría la seguridad, el confort, la libertad, la naturaleza, el aire puro… Pero creo que cambiaría todo eso por el smog de mi ciudad. Me aburre vivir en un pueblo, aunque reconozco que mis hijos se manejan con total libertad.

Mi balance no es ni positivo ni negativo. Positivo es mi vida en pareja, mis hijos, la seguridad, la buena vida, el aire limpio; y lo negativo es la melancolía por todo lo que dejé, la vida de ciudad, los teatros, los restaurantes, los cines, la actividad social y cultural.

Desde afuera la Argentina se ve igual de mal. Diferentes gobiernos y la misma situación económica y social. Desde afuera se sigue viendo miseria vs lujo, hambre vs derroche, necesidad vs indiferencia. Pero sí, quiero volver. Primero de visita y luego tal vez, para quedarme y dejar Suecia como un país para visitar amigos“.

Publicado el 30/06/2010 en 30N, Edición Impresa

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