julio 28, 2010 New Crónicas dublinenses
En marzo de 2004 Marina partió a Dublín con visa de estudiante y al poco tiempo consiguió el permiso de residencia. “Soy de las que piensa que el tren pasa una sola vez: o lo tomamos o lo dejamos ir”.
Aunque su plan original era quedarse por un tiempo para perfecccionar el inglés, en el camino conoció a un irlandés que la llevó a reformular su objetivo allí. “Tenía la ciudadanía italiana por mi familia, pero además tuve la suerte de encontrar rápidamente un trabajo de medio tiempo en una escuela secundaria, como profesora de español para adolescentes”, cuenta Marina Lanzarini (30 años), quien reside en Dublín desde hace ya 6 años. “Mi encuentro con esta ciudad fue un verdadero flechazo, así que ni lo dudé. Enamorada del lugar, de Tim (mi marido ahora), de la experiencia en general de vivir en otra tierra y todo lo que se puede aprender… ¿qué podía salir mal? Soy de las que piensa que el tren pasa una sola vez: o lo tomamos o lo dejamos ir. Yo decidí tomarlo”.
Tierra de rugby y desayunos explosivos
“Cuando recién llegué a Irlanda, algo que no pasó desapercibido fue la pasión nacional por el rugby. En mi vida había visto un partido de rugby, y acá empecé a engancharme porque es inevitable: vivir con un irlandés, pretender relacionarme con su familia y tener amigos irlandeses, me crearon la ‘obligación’ de comenzar a interesarme por este deporte que siempre me había parecido tan brusco. Ahora es casi un rito ir los fines de semana al estadio y aguantarse el partido con lluvia (¡porque acá llueve 6 de cada 7 días y los estadios no son cubiertos, una gran contradicción!).
Otra cosa a la que tuve que acostumbrarme si quería compartir la primera comida del día con Tim o con algunos amigos afuera, fue el desayuno de aquí, el ‘irish breakfast’, que está compuesto de pan cocido con soda y manteca, pastel de papa, huevo frito, panceta, salchicha… ¡El primer tiempo vivía con antiácidos en el bolsillo! La mayoría de los platos típicos irlandeses, al principio no me gustaban para nada… La Mussel soup (con mejillones, crema de pescado y verduras), las ‘fresh oysters’ (ostras que se sirven sobre hielo para acompañar con cerveza negra), la Dublin coddle (una sopa que se hace triturando salchichas, jamón, panceta, papas y cebolla y que se come con pan), etc.
Creo que la manera de comer en Argentina es muy pero muy sana comparada con las montañas de comida y grasas que se consumen en general en Europa”.
La pasión nacional
“Por otro lado, aprendí muy rápido la tradición local según la cual si alguien te invita a un pub, la primera ronda jamás se paga y uno está obligado a beber tantas veces como el irlandés que te acompaña (negarse a esto sería muy ofensivo para ellos). Para participar del brindis colectivo, la palabra que es necesario pronunciar es ‘sláinte’ (‘salud’ para nosotros).
Son grandes apasionados por su cerveza negra, sobre todo si viene directamente de barril y a una temperatura de 12 grados (¡jamás se toma helada como la rubia, eso es un insulto para ellos!). Según dicen, el patrono y evangelizador de Irlanda (San Patricio) tenía debilidad por ella y por eso el 17 de marzo (día de este santo) los irlandeses beben y beben y siguen bebiendo en su nombre… En estos años presencié las borracheras y los excesos más espectaculares. La gente acá es capaz de dar verdaderos espectáculos colectivos con tantos litros de Guinness en la sangre”.
Aceptar sin protestar
“Mi conclusión es que los irlandeses y el espíritu crítico van por senderos diferentes. Acá se aceptan las cosas como vienen y como son. ¿Protestar o amargarse por algo? ¡No vale la pena para ellos! Un ejemplo: un día en clase les estaba enseñando a mis alumnos cómo escribir una carta de protesta, y les pregunté: ‘¿alguna vez tuvieron que hacer un reclamo, o escribir una protesta?’. Les expliqué lo que era la hoja de reclamos, les expliqué lo que era una queja… ¡Nada, nadie! La queja no está en la cultura irlandesa, para bien a veces y para mal algunas otras… No es que haga falta ser un paranoico para quejarse de vez en cuando. Yo no soy precisamente una persona teatral y sin embargo tuve mis momentos reivindicativos y escribí algunas cartas reclamando una disculpa o un reembolso (y recibí casi siempre más disculpas que reembolsos). Otro ejemplo anecdótico de esta actitud de tranquila resignación puede ser su respuesta habitual cuando preguntás qué tal les va: ‘Not too bad’ (‘no muy mal’).
Yo no sé si esta actitud tendrá que ver con su historia (después de siglos y siglos de invasiones, guerras internacionales y civiles, hambrunas, emigración, división, terrorismo… supongo que terminás aceptando que la vida no es un camino de rosas) o con la religión (el mundo como ‘valle de lágrimas’ en el que hay que sufrir para ganarse el cielo), o si será simplemente un elemento cultural, transmitido de generación en generación”.
Gente simpática y orgullosa
“En líneas generales los irlandeses son simpáticos y abiertos. No son muy diferentes de nosotros en eso. Sobre todo después de ‘bajarse’ unas cervezas en la barra… ¡se comportan como si fuéramos todos amigos de toda la vida!
Están también muy orgullosos de su pequeño país, al que transformaron en algo que sus invasores (los ingleses) ni siquiera soñaban. Resguardan y enseñan muy bien su literatura por ejemplo; cuentan con cuatro premios Nobel (William Butler Yeats, George Bernard Shaw, Samuel Beckett y Seamus Heaney). Sin olvidarse nunca de los otros tres escritores fundamentales de la literatura irlandesa y en la literatura occidental en general: Jonathan Swift, Oscar Wilde y James Joyce. Todos ellos con un humor ingenioso e irónico que a mí me apasiona”.
Una deuda pendiente
“Lo que me pasa al pensar en la Argentina es algo muy particular. La recuerdo siempre linda, siempre excepcional, con una gente siempre afectuosa y que puede reírse con ganas a cualquier hora y en cualquier situación, una gastronomía inigualable, una gente muy trabajadora y creativa, unos artistas increíbles, una literatura de las mejores… ¡casi como una especie de paraíso perdido!
Pero después voy para allá de vacaciones y me quiero morir… El caos, el empujón, el gracias y el por favor que no existen, las injusticias todo el tiempo, la violencia, el estancamiento, las caras de pocos amigos, las malas costumbres… Entonces todo ese hermoso cuadro del país que tengo en la cabeza se derrumba, me siento terriblemente confundida y hasta avergonzada del país de fantasía que me invento estando lejos. Yo creo que, lo que tendría que lograr con el tiempo, es llegar a una instancia en que yo pueda esperar algo realista de mi país sin decepcionarme cada vez que vuelva y estar allá sin que me duela demasiado. Por el momento confieso que carezco de objetividad para hablar de la Argentina que dejé y eso es una deuda pendiente que tengo conmigo misma”.
Publicado el 28/07/2010 en 30N EDICIÓN IMPRESA
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julio 21, 2010 Pasa en los cuentos, pasa en la vida
Para Analía, Italia era una deuda pendiente. Y qué mejor manera de saldarla que a través de una historia de amor. “Si algo se desea con gran pasión, el universo se confabula para crearlo”, dice.
“Mi familia es italiana, por donde se la mire”, dice Analía Sansoni (46 años), quien partió de la ciudad de Colón hace 5 años. “Mi bisabuelo paterno vino de Ascoli Piceno, mi bisabuelo materno de San Marino. Crecí escuchando este idioma y la canción de cuna con la mezcla entre dialecto e italiano. Me hice adulta imaginando las colinas italianas… Soñé toda la vida con vivir en esta tierra, no porque me sintiera mal en Argentina, sino porque algo me atraía, como un imán, hacia la tierra de mis ancestros.
Tuve la suerte de viajar por primera vez en 1999 y apenas pisé Italia, supe que aunque fuera duro, mi vida estaba aquí. Venía de un matrimonio difícil y de una inminente separación que finalmente se produjo, por fortuna, porque así no se podía vivir más… Fue una época dura, difícil”.
El deseo concedido
“Un día, estando en Argentina, encontré en una revista una imagen de Italia… era un lugar de playa, de mar, con una bonita ciudad detrás, unos edificios, mucho verde, pinos mediterráneos. La recorté y la pegué al lado de mi computadora. Por ese tiempo trabajaba para una compañía internacional en la venta de productos alimentarios, y la ‘casualidad’ hizo que conociera a un muchacho de Venecia (si a los 40 años aún se puede llamar muchacho) separado desde hacía ya 5 años y prácticamente sin familia.
Comenzamos a tratarnos vía Internet, y descubrimos que teníamos muchos puntos de vista afines, nos sentíamos bien comunicándonos y cada minuto de nuestros tele-encuentros era ‘demasiado’ importante. Hasta que en un momento me declaró que quería conocerme personalmente.
Era el mes de agosto, pleno verano europeo de 2005. Me invitó a pasar unos días de vacaciones, y después de pensarlo pero no tanto (con el consenso de mis dos hijos ya maduros) me arriesgué a venir y conocerlo en persona.
Desde el momento que nos encontramos en el Aeropuerto de Venecia, donde lo vi ‘en vivo’ por primera vez, salvo posteriores viajes de idas y vueltas por parte de ambos, no nos separamos nunca más… Pero lo más insólito sucedió cuando me llevó a la casa que tiene en el mar… era el lugar que yo tenía en la foto colgada al lado de mi computadora… y juro que nunca supe antes cuál era esa ciudad. El lugar era ese…
Es por eso que hasta el día de hoy pienso que si algo se desea con gran pasión, el universo se confabula para crearlo… ¡y además hay que hacer algo más para ayudar!”.
Despegarse y seguir queriendo
“No fue difícil dejar Argentina, porque siempre supe que podía volver cuando lo deseara. Mis hijos (de mi primer matrimonio) viven allí y con ellos me comunico diariamente, además de verlos sin falta todos los años. Nuestra relación creció en calidad y la distancia nos ha unido muchísimo. A ambos los he educado para que sean independientes, quizás porque a mí me faltaron mis padres a temprana edad y eso fue lo que aprendí y transmití. Ellos crecen, hacen su vida, forman sus parejas, tendrán sus hijos… y yo no quise quedarme mirando pasar la vida de los demás.
Cuando partí de Argentina, mis amigos me hicieron una gran fiesta de despedida, lloramos mucho, nos abrazamos todos… y ahora, algunos, vinieron ya a visitarme, y a los demás los veo todos los años cuando regreso a Argentina. Está bueno igual, ¡las amistades no se pierden si uno sabe cultivarlas!
Tengo una fórmula para no sentir la tristeza del despegue: cada vez que parto de Argentina no digo adiós sino ‘hasta luego’ o ‘hasta mañana’ y me voy como si fuera un viaje más, de pocos kilómetros… Es mi forma de no sufrir y de saber que siempre voy a regresar porque allí tengo también mis raíces”.
Un sueño hecho realidad
“Vivir aquí es un sueño hecho realidad. Estar enamorada de esta persona es un sueño hecho realidad. Haber encontrado una pareja con la que puedo compartir todo, ser cómplice, ser amiga, es un sueño hecho realidad…
Nunca sufrí ese sentimiento del que tanto hablan llamado ‘nostalgia’… Tuve suerte, creo, en encontrar siempre personas maravillosas, que me hicieron sentir como en mi casa… O será que mi actitud también sirvió para que esta adaptación fuera posible. O será que siento que ÉSTA es mi casa”.
Belleza, seguridad y arte
“La sociedad veneciana es culta, moderna, con grandes principios sociales, culturales y humanitarios, también arraigada en sus tradiciones, que poco a poco estoy aprendiendo a disfrutar. Tienen mucho sentido de la ecología; aquí se junta la basura diferenciada, se hace compostum en las casas para tener tierra fértil con los residuos del jardín. Por otro lado, la mayor parte de las casas son medianamente ecológicas, con paneles solares. Se cuida el espacio común y el ambiente: ¡pongo una planta y no me la roban! ¡He dejado la cartera por olvido en algún restaurante, vuelvo y la recupero sin que falte nada! Cuando pongo un pie en la línea peatonal para cruzar la calle, los autos se paran para dejarme pasar ¡Sé que esto no ocurre en toda Italia, pero aquí sí y estoy muy orgullosa de ello! La mejor manera de ambientarse es siempre respetar la forma de vivir del lugar que uno elige. Aprender inmediatamente el idioma y tratar con cordialidad a los vecinos… todo es un boomerang.
Además en Italia se mezcla nuestra latinidad con el respeto, es decir, son iguales a nosotros; lo que cambia es que mi libertad termina donde comienza la del otro. Por otro lado los italianos son alegres y fantasiosos como nosotros… ¡en realidad nosotros somos como ellos, porque somos sus descendientes! ¡No hay un solo rincón que no me guste! Del norte al sur, del este al oeste, es un país bello por donde se lo mire! ¡Soy una apasionada del arte, y aquí si hay algo que sobra es arte!”.
Buenos vecinos, buenos amigos
“Mis vecinos son prácticamente familia: compartimos encuentros y en el condominio compraron una gran parrilla para poner en el parque (¿imaginen para qué?). ¡Sí, y consigo un carnicero que me hace los cortes de asado argentinos!
La yerba y el dulce de leche están siempre. A falta de bombos, tenemos violines, a falta de alguien que cante el folcklore, tenemos quien cante lírica u ópera…O Soleee miooo… ¡Claro, yo hago mi parte con el tango!
Y sí, cada lugar tiene su encanto, cada rincón tiene sus bemoles, y cada San Martín su caballo…
Una de las cosas que más me gusta es perderme caminando entre los puentecitos y canales de Venecia, y mirarla cada vez como si fuera la primera vez. Aunque no vivo en la isla, vivo en ‘terraferma’, voy allí muy seguido, ni bien tengo tiempo para dar ‘una vueltita’.
Hace un tiempo conocí a un grupo de personas fantásticas, nos hicimos muy amigas… son argentinas casadas con italianos. Nos juntamos casi todos los fines de semana y nos divertimos muchísimo. Eso sí, la regla de oro es tener buena onda y… ¡no juntarse para el chusmerío!”.
La felicidad empieza en casa
“Creo que uno puede ser feliz en cualquier lado, siempre que se encuentre bien con su entorno, y empezando efectivamente por casa. Puedo decir que encontré mi lugar en el mundo… la paz y el amor vinieron por añadidura”.
Publicado el 21/07/2010 en 30N Edición Impresa
Etiquetas: Argentinos en Italia, Argentinos en Venecia
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julio 14, 2010 Emigrar nos vuelve más humanos y paradójicos
Hace 3 años, Gerardo se trasladó a Perú con una oferta de trabajo. Y aunque continúa en aquel país, asegura que algún día retornará a “su lugar”.
“Lo primero que hice cuando llegué a Perú –cuenta Gerardo Roveda (29 años)- fue tomar un taxi y ponerme a rezar: el tipo pasaba todos los semáforos en rojo, atropelló un perro que se cruzó y siguió como si nada (yo tuve pesadillas durante varios días con ese pobre animal). El taxista insistía en que no podía parar porque el de atrás lo iba a chocar a él… Cuento siempre esta anécdota porque en cierta forma resume el shock que significa emigrar a un país que en tantos aspectos va muy por detrás del propio. Porque bueno, irse a un país donde todo funciona es rápidamente asimilable, pero bajar varios escalones y resignar tantas cosas que uno tenía (y que por supuesto se aprecian cuando faltan) no es nada fácil.
Y podría continuar con las anécdotas. Esto sucedió al segundo día de mi llegada a Lima: el propietario del hotel donde me alojé al principio me obsequió ‘ayahuasca’ (planta de la selva peruana que tiene propiedades alucinógenas) como una especie de cumplido, para darme la bienvenida. Yo tenía una muy remota idea de lo que era pero me ganó la curiosidad y lo probé: pasé toda la noche delirando, tratando de acordarme qué hacía en ese hotel, por qué el aire estaba tan espeso… Estaba fuera de mí.
Así fueron mis primeros encuentros con este país que al principio se me presentó en toda su extrañeza”.
Un país segmentado
“Es un país hermoso Perú, con una riqueza y posibilidades de desarrollo enormes, pero en sus comunidades costeras, andinas y selváticas hay mucha pobreza y una enorme desigualdad. Una cosa es Lima (que no es ningún paraíso aclaro), y otra cosa es el resto del país. Lima es un mundo aparte, sus ciudadanos desconocen la realidad del resto del territorio, hablan de la población de la sierra y de la selva como si vivieran en otro mundo… existe una discriminación y un racismo enormes.
Ahora vivo un pueblo de la sierra, donde trabajo en programas de agricultura y ganadería, introduciendo cultivos y razas mejoradas de ganado. Pero estuve también 8 meses en medio de la selva, en un pueblo de indígenas. Allí el índice de analfabetismo y desnutrición eran importantes, los servicios eran sumamente precarios y apenas había puestos médicos. Éramos muchos voluntarios allí, porque el Estado peruano no se hace responsable de esta gente, y por lo tanto nos repartíamos el trabajo de los diferentes ámbitos, como la educación y las técnicas agrícolas.
En Perú casi no existen las políticas sociales y lamentablemente se sigue atendiendo a los intereses de los más privilegiados mientras una gran porción de los peruanos se mantienen callados luchando por la supervivencia diaria. Es terrible. Por eso cuando escucho que mi país, Argentina, es de tercer mundo, me pregunto qué categoría corresponde a éste. Acá hay hasta pibes que venden un riñón o el hígado para tener dinero, y los anuncios aparecen por internet al lado de un clasificado de venta de muebles o una oferta de trabajo. Es ilegal y espantoso, pero ocurre”.
Los sabores finalmente aceptados
“La cocina peruana, al principio me generó mucha resistencia pero con los años se me fue metiendo, en parte porque no me quedaba otra, pero también porque rompí el esquema original que tenía en la cabeza, y así pude empezar a incorporar y a disfrutar de otros sabores. El ceviche me parece ahora riquísimo; lo mismo el anticucho. Y además no es lo mismo comer estas cosas aquí que los platos de imitación que se hacen en el resto del mundo. Hay toda una gran cultura tradicional detrás, es toda una ceremonia”.
La sangre reconoce su lugar
“A veces el desafío es encontrar estrategias para que uno se sienta cercano a la gente, y al tanto de todo. En estos aspectos, las redes sociales y el skype definitivamente te salvan mucho. Por twitter y facebook me voy enterando dónde van mis amigos a ver los partidos.
Juntarse con gente de tu país, cuando se puede, es una buena manera de pasarlo bien. El problema es cuando te toca el partido de tu país en el horario de trabajo y, aunque lo pasen por la tele, tenés que estar trabajando cuando en realidad quisieras estar en un bar con amigos tomando unas cervecitas o unos mates…
Lo que pasa es que estando lejos es mayor la necesidad de unos mates, del abrazo mañanero de la madre o la esposa, de escuchar a lo lejos una música familiar y pegajosa, de que alguien te pregunte ‘¿y vos qué onda?’. Incluso me ha pasado experimentar una necesidad de volver a todo lo que diariamente era motivo de queja para mí… Es terriblemente paradójico. Pienso que emigrar nos vuelve más humanos y paradójicos. Y por más que estemos lejos, la sangre reconoce su lugar, de eso estoy seguro”.
El racismo existe en todas partes
“Hablando con mis amigos peruanos hace poco, me sentí terrible. Me preguntaban por qué en Argentina se los trataba de ‘peruchos’ y se los menosprecia incluso cuando son inmigrantes legales y con educación. ‘Allá en tu patria nos dicen negros de mierda’, me dijo mi amigo, y yo me quedé un poco paralizado, no sabiendo muy bien qué responderle. Y siguió: ‘Tu gente piensa que las líneas de Nazca fueron de verdad hechas por los extraterrestres y que todos los peruanos orinamos en la calle…’.
Entonces caí en la cuenta de que el racismo existe en todas partes, es mentira eso de que en Argentina nunca se hacen diferencias y que los racistas son los europeos o los norteamericanos…”.
Que vuelvo, seguro
“Para mí no es una opción, es una seguridad. Todavía hay varias cosas que me retienen en Perú, entre ellas una linda mujer canadiense y un trabajo que me hace sentir digno. Pero que vuelvo a Argentina en algún momento, seguro.
A lo mejor si caía en otro país, más funcional, la historia hubiera sido otra. Pero Perú adolece de tanto, son tantas las carencias y hay que luchar tanto por la dignidad, que mi país así como está ahora, decadente y corrupto, es una joyita al lado de éste…”.
El Mundial desde lejos
“Por primera vez en mi vida estoy viviendo un Mundial fuera de Argentina. La sensación es extraña porque soy un apasionado del fútbol y siempre veía los Mundiales en familia; acá en Perú no existe esa sensación de feriado prolongado y colectivo que sí tenemos allá en ocasión de un Mundial (ni la sensación de duelo nacional cuando quedamos afuera…). El primer partido lo vi solo. ¡Solo!”.
Publicado el 14 de julio de 2010 en 30N EDICIÓN IMPRESA
Etiquetas: Argentinos en Perú
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junio 30, 2010 Extrañarlo todo
Marcela pasó del tumulto y el caos porteño a la tranquilidad excesiva de un pueblo sueco de 3 mil habitantes. El único motivo, dice, fue el amor.
Hace 4 años, Marcela Ventimiglia (38 años) dejaba en Capital Federal “una vida cómoda y armada, un departamento que todavía conservo, y un empleo en el Juzgado Federal“, cuenta. “Me vine a Suecia sólo por amor, no existe ninguna otra razón“.
“Cuando me mudé a Suecia, mi hijo Tadeo tenía 3 años y medio. Su papá tambien es sueco y nos separamos cuando yo estaba embarazada de cinco meses, simplemente porque yo no me quería mudar a este país. Sin embargo, tres años más tarde y a raíz de un viaje a Suecia que debía hacer con mi hijo a pedido de sus abuelos, conocí a Martin, mi actual marido. En menos de dos meses, Martin se vino a Argentina y un mes después, me mudé a Suecia, sin siquiera dudarlo. Renuncié a mi trabajo, dejé mi familia, amigos y la gran ciudad, y me vine a un pueblito costero con tres mil habitantes fijos durante todo el año. Me casé en agosto del 2007 y en febrero del 2008 nació mi hija Olivia“.
De la nube rosa a la melancolía
“Mi primer año en Suecia fue una nube rosa. Todo y todos me parecían perfectos. Sin embargo, a partir del segundo año, el velo se descorrió y comencé a ver la realidad de un país donde en mucho es mejor que Argentina pero tampoco es perfecto.
La melancolía me ganó y me enfermé de nostalgia. Se me enfermó el cuerpo de recuerdos y, como a un novio que se dejó hace mucho tiempo, idealicé a mi patria, a la que aún hoy no he vuelto a pisar“.
Los pro y los contras
“Lo mejor de Suecia es la organización y el respeto por todo y por todos, desde las instituciones y las personas a la naturaleza y hasta los animales. Lo peor es la atención médica: aunque es gratuita, las esperas son largas y los médicos, en general, son inmaduros y poco seguros. Para llegar a un especialista, hay que pasar por el médico de cabecera y veinte enfermeras que deciden tu destino (acá en Suecia la enfermería es un trabajo bien remunerado y con mucha salida laboral… debería haber menos enfermeras y más médicos)“.
Todo se planifica
“El sueco se queja poco y es bastante apático. Es poco espontáneo y sólo sociabiliza en verano y con diez cervezas encima, de otra manera no entiende la diversión. Hasta los funerales se realizan después de tres semanas o más de muerta la persona, porque ellos entienden que cada uno tiene sus obligaciones y no se puede dejar todo de un momento al otro, hay que planificar y así se decide una fecha donde todos puedan estar presentes“.
Otra lengua es otro mundo
“El idioma fue una traba desde el comienzo, porque el sueco es bien difícil y además no es un idioma internacional como el inglés. Sin embargo, para mi sorpresa, el 90% de la población sueca puede hablarlo. Es un inglés aprendido en el colegio estatal, porque ya sea estatal o privada, la educación sueca es igual para todos, así que el carpintero y el ingeniero tienen el mismo nivel de inglés al salir del secundario.
Después de cuatro años en Suecia, sigo hablando un sueco con errores gramaticales. Sin embargo mi hijo aprendió a hablar sueco sin problemas en tres meses, cuando tenía 3 años. Hoy en día habla sueco, español e inglés. A mi hija de dos años le hablamos en ambos idiomas y ella contesta en ambos idiomas también.
Sin embargo, justamente por este tema, encontrar trabajo es una traba enorme para mi carrera. Ya casi desistí de buscar un trabajo como abogada, y tampoco me genera angustia no tenerlo, pero me cuesta encontrar un trabajo que no sea manual, que sea intelectual, que es lo que a mí me interesa.
Actualmente estoy en un proyecto con un coach laboral para encontrar mi rincón en este país haciendo algo que me guste. Durante tres años estudié el idioma y un año estuve de licencia maternal (acá es obligatorio), de manera que éste es el momento para empezar a lanzar anclas“.
La igualdad
“El nivel de vida sueco, en general, es muy bueno. Las distinciones sociales no son tan marcadas como en Argentina y uno se mueve con más libertad y sin tantas presiones sociales. Porque la realidad es que acá todos tienen un buen ingreso salarial, un departamento o casa, un auto y vacaciones en Mallorca, Tailandia, Grecia o Turquía, sea plomero, pintor, arquitecto o juez de la Corte“.
Tranquilidad excesiva
“Vivo en un pueblo costero llamado Hunnebostrand, a dos horas de Göteborg, la segunda ciudad más importante de Suecia. De vivir en pleno centro de Capital Federal, a vivir acá, hay una gran diferencia. La tranquilidad me estresa, la ciudad me calma.
Después de varios intentos, pude sacar mi licencia de conducir y eso me dio gran libertad para moverme adonde yo quiera. Sacar licencia de conducir en Suecia no tiene comparación con Argentina: acá hay un examen teórico realmente serio y difícil y un examen práctico de 45 minutos de manejo con un entrenador al lado que no permite errores“.
La nostalgia en primer plano
“Extraño todo de Argentina. Familia, comida, ruidos, lugares. De este lugar, si me fuera, extrañaría la seguridad, el confort, la libertad, la naturaleza, el aire puro… Pero creo que cambiaría todo eso por el smog de mi ciudad. Me aburre vivir en un pueblo, aunque reconozco que mis hijos se manejan con total libertad.
Mi balance no es ni positivo ni negativo. Positivo es mi vida en pareja, mis hijos, la seguridad, la buena vida, el aire limpio; y lo negativo es la melancolía por todo lo que dejé, la vida de ciudad, los teatros, los restaurantes, los cines, la actividad social y cultural.
Desde afuera la Argentina se ve igual de mal. Diferentes gobiernos y la misma situación económica y social. Desde afuera se sigue viendo miseria vs lujo, hambre vs derroche, necesidad vs indiferencia. Pero sí, quiero volver. Primero de visita y luego tal vez, para quedarme y dejar Suecia como un país para visitar amigos“.
Publicado el 30/06/2010 en 30N, Edición Impresa
Etiquetas: Argentinos en Suecia, Sociedad sueca
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junio 23, 2010 Vivir lo mejor de ambos mundos
Desde hace 10 años Ariel reside en Sampa, como llaman cariñosamente a San Pablo sus propios habitantes. Lejos pero no tanto. Cerca pero muy diferente.
“Mudar de ciudad te obliga a cambiar todo tipo de hábitos. Mudar de país, te obliga a cambiar hasta la forma en que te comunicás con el mundo”, asegura Ariel Silber (42 años), doctor en Ciencias Biológicas, nacido en Córdoba y trasplantado luego a Buenos Aires. “Cada mudanza es un caso diferente. No es lo mismo irse persiguiendo un sueño que irse corrido por una situación política o económica que hace inviable un proyecto de vida en el lugar de origen. En mi caso, me fui por opción. Es una experiencia que me enriqueció muchísimo… lo vivo como haber tenido la oportunidad de una segunda vida.
Desde un punto de vista profesional, lo que se me ofrecía era venir a trabajar a un lugar y en condiciones que no tienen nada que envidiarle a lo que podría ser una experiencia en un país europeo. ¿Por qué São Paulo y no París o Madrid por ejemplo? Conocía bastante bien Brasil y siempre me gustó, la cultura (debería decir ‘las culturas’) brasilera es muy rica. El futuro de este país se veía muy promisorio en aquel tiempo, y era impresionante la pujanza de São Paulo. Pero había dos factores que fueron críticos en el momento de decidir: los brasileros en general son increíblemente receptivos con los inmigrantes, lo que hace que la experiencia de ser extranjero aquí sea fácil y tranquila… incluso divertida. El segundo factor: en caso de que la emigración fuera ‘para siempre’, lo mejor sería estar cerca de casa, de los afectos”.
Brasil no es Florianópolis
“Vine con mi ex esposa. Como ya habíamos estado varias veces antes, teníamos una idea aproximada de lo que encontraríamos, y ya teníamos algunos amigos y conocidos. Entonces no hubo experiencia de shock. Digamos que en trazos generales todo era bastante próximo a lo que esperábamos. Con el paso del tiempo me fui sorprendiendo con todas aquellas cosas que creía entender y después me di cuenta que realmente no entendía… las asimilaba como argentino. De a poco fui aprendiendo que lo que es fácil entender desde una cultura es difícil entender desde otra. Cometí el mismo error que veo en casi todos los argentinos que pasan por Brasil y creen conocerlo: debido a una enorme cantidad de aparentes semejanzas uno cree que entiende cómo son los brasileros y cómo funciona este país. Sin embargo, todo tiene un contexto cultural diferente de lo que creemos. Además casi nada en Brasil es realmente como cuando uno va a Florianópolis, Rio o Salvador de vacaciones. Por ejemplo, una cosa que me sorprendió es el grado de formalidad en las relaciones de trabajo y familiares. La mayor parte de las personas que conozco no tutea a sus abuelos y muchos ni siquiera a sus padres. Cuando comento esto, muchos argentinos que pasan regularmente vacaciones en Brasil me dicen que eso no es verdad, que el trato de ‘Usted’ no existe en portugués. Existe, sólo que tiene expresiones diferentes que si uno no conoce la cultura no percibe que esa forma lingüística complicada con que algunas personas se refieren a otras significa simplemente ‘usted’”.
Aprender portugués en serio
“La ventaja de venir a un país que está relativamente cerca hace que uno pueda llevar a cabo un proceso de adaptación gradual. São Paulo está a menos de 1.800 km en línea recta de Buenos Aires, donde está mi familia. Es casi la misma distancia que hay entre Buenos Aires y San Salvador de Jujuy. Desde el punto de vista de organizarse para viajar es casi como si estuviera dentro del país, sólo que con mucho mayor frecuencia de vuelos, que por ser internacionales son más baratos. Los primeros dos años mantuve un contacto muy estrecho con mi familia a través de viajes frecuentes (cuatro a cinco veces por año). Por otro lado, esto me dificultó al principio el establecimiento de una ‘vida cotidiana’ en Brasil. De a poco fui desplazando los momentos de ocio aquí, me fui quedando a pasar los feriados con amigos y estableciendo mi vida. Eso incluyó construir una nueva vida social, amigos, compromisos extra laborales, otras actividades, etc. Y todo esto me forzó a mejorar mi aprendizaje del portugués. Es común que los hispanohablantes no sientan la necesidad de aprender portugués porque aunque hablen castellano se comunican razonablemente bien: no hace falta hablar mucho portugués para cubrir las necesidades de supervivencia. De hecho es común que los hispanohablantes crean que están hablando portugués o incluso un piadoso ‘portuñol’ cuando en realidad están consiguiendo llevar el castellano a formas novedosas y desconocidas. La prueba de fuego: buscar un/a hijo/a de algún amigo/a brasilero/a y conversar algunas palabras. Ellos no van a mentir: o mantienen la conversación, o miran desesperadamente a sus padres y les preguntan algo como ‘¿por qué este señor es tan grande y no se le entiende nada de lo que habla?’. De todas maneras, el aprendizaje del portugués en Brasil es una experiencia lúdica: a todo el mundo le divierte mucho la forma en que pronunciamos determinadas palabras, las comparaciones entre formas de hablar, y todo el mundo quiere aprender a hablar castellano, con lo cual todo el mundo está dispuesto a ‘negociar’ palabras en castellano por palabras en portugués. En mi caso, trabajando en la Universidade de São Paulo, pude arreglarme bastante bien al principio incluso con el auxilio del inglés cuando era necesario. Sin embargo, cuando llegó el momento de redactar documentos, dar charlas y comenzar a dar clases tuve que enfrentar las dificultades (que no son pocas) de aprender portugués en serio. Y descubrí que es un idioma muy difícil para aprender a hablar y escribir correctamente”.
La vida entre contrastes
“En estos diez años que llevo aquí ya vi cambiar completamente varios sectores de la ciudad. Da la impresión de que no podés parar de moverte porque si te quedás quieto en cualquier momento brota un edificio debajo de tus pies. Todo se mueve en São Paulo, todo se transforma, y se vive entre contrastes: los lugares más lujosos con los más pobres, la gente más tranquila con la más nerviosa, la más alegre con la más deprimida, la selva semivirgen del parque del Trianon en la Avenida Paulista con la selva de cristal y acero de los edificios donde funciona el mercado financiero más potente de América Latina. São Paulo tiene un índice que uno se acostumbra a seguir por radio, televisión o internet antes de encarar cualquier trayecto en la calle: el índice de congestionamiento de tránsito. La media para los días de semana en horas pico indica que en aproximadamente una de cada diez calles de la ciudad el tránsito esté literalmente parado. En días y horarios en que ese índice es superado, es mejor quedarse quieto y dejar cualquier expedición hacia el mundo exterior para otro momento. Más allá de estos problemas (que no sufro demasiado porque siempre viví a distancia de caminata de mi lugar de trabajo) São Paulo es una ciudad interesantísima. Una vida cultural muy agitada, muy diversa y rica. No diría que es bonita, pero no conozco a nadie que después de pasar un tiempo aquí no se le prenda un poco el corazón. Como dicen los paulistanos: não sei se é muito bonita, mas e muito legal!”.
La sensación de fin de mundo
“La Argentina siempre me pareció un lugar exótico, incluso cuando vivía allá. Digamos que esa idea, desde afuera se reforzó. Una de las cosas que más me impresiona (porque nunca lo había percibido antes de esa forma) es lo aislado que está, geográficamente hablando. Desde que vivo afuera, me deja una sensación de fin del mundo. Uno llega a Ezeiza y ve sólo gente que se dirige específicamente allí… no hay pasajeros en tránsito. Es final del recorrido. Y me llama mucho la atención cómo ese aislamiento se refleja muchas veces en las percepciones que tenemos de cómo funciona el mundo: en la forma en que discutimos, los argumentos que usamos… Veo a la Argentina como un país caótico, con una sociedad con muchas dificultades para generar un proyecto con una perspectiva de futuro de más de tres o cuatro años. Creo que eso contribuye a que la Argentina parezca más intensa: hay una sensación de poco tiempo para poner a funcionar proyectos, hacer cambios. Otra cuestión es la relevancia de la Argentina en el mundo: es un país poco poblado… da una sensación de irrelevancia. Sin embargo, de vez en cuando alguien te menciona a algún compatriota de quien te podés sentir orgulloso, o en quien te podés referenciar sin vergüenza (como Sábato o Cortázar por ejemplo) y sentís que existe una cierta argentinidad. Por otro lado, a veces te cruzás con compatriotas que cuentan sus aventuras durante las vacaciones, a los gritos en un bar de la playa, y tenés ganas de salir corriendo y jurar que no tenés nada que ver con eso. Hay algo que debe ser entendido: por más que estés lejos de tu país, tu cultura, tus afectos, encontrarte otro ser humano cuya única relación con vos es haber nacido en el mismo país y hablar la misma lengua de la misma forma, no te hace necesariamente amigo… esa persona puede ser exactamente lo que uno no quiere tener cerca. Con los amigos se comparten valores, vivencias, sensibilidades que pueden atravesar barreras de procedencia nacional. La procedencia no es motivo suficiente para garantizar un vínculo”.
Vida en Sampa
“Cuando empecé a sentir que tenía que repetir demasiadas veces las mismas historias para todo el mundo decidí abrir mi blog vida en sampa, brasil. En relación con mantener vivo mi vínculo con la Argentina, fueron fundamentales los diarios y las radios online. ‘Hojeo’ varios diarios argentinos casi todos los días antes de empezar a trabajar, y a veces escucho algunos programas de radio. La televisión online no me pegó. Lo que sí, me hice adicto a varios blogs de argentinos en otros lugares del mundo y blogs políticos, donde se discute, pelea y concuerda con otras personas como si uno estuviera allá en una mesa de café. Todo eso nos acerca, sin dudas”.
Entre el asado y la feijoada
“Desde el punto de vista de mi trabajo, estar aquí me permitió un desarrollo profesional en condiciones que en la Argentina nunca tuve oportunidad de vivir. Varias de las líneas de investigación que desarrollamos difícilmente podrían haberse implementado allá. Si bien actualmente la Argentina está viviendo uno de sus mejores momentos de los últimos 35 o 40 años, en términos de financiación de actividades relacionadas con el desarrollo de ciencia y tecnología, venimos de retrocesos muy importantes entre los años ´90 y la salida de la crisis del 2001 (¿recuerdan cuando un Ministro de Economía dijo que los científicos deberían dedicarse a lavar platos?). Cuando estoy allá, a veces me entusiasmo con la idea de volver, sin embargo veo que este camino no está afianzado todavía, y que si volviera posiblemente no podría continuar ejerciendo mi profesión tal como lo hago aquí.
La fantasía de regresar siempre está. ¿Alguien se acuerda de aquella vieja canción de María Elena Walsh que decía ‘porque me duele si me quedo, pero me muero si me voy’? Esto de estar acá lo vivo un poco al revés: me duele haberme ido y no volver, pero creo que me hubiera sentido morir si me quedaba. No sé hasta cuándo este balance de dolores, afectos desparramados, perspectivas profesionales, el tironeo entre el asado y la feijoada… va a seguir siendo favorable a Brasil. A veces sospecho que no va a ser siempre así. Me lo pregunto todos los días. Mientras tanto trato de vivir lo mejor de ambos mundos, que son apasionantes”.
Publicado el 23/06/2010 en 30N, edición impresa
Etiquetas: Argentinos en Brasil, Argentinos en San Pablo, São Paulo
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junio 9, 2010 Emigrar a un país de inmigrantes
Sabrina quería irse muy lejos para empezar de nuevo. “Vi la oportunidad que estaba buscando y me lancé: era otro país, otro continente y otra lengua”.
“La situación del país en el años 2002 aceleró en realidad el proceso, pero yo quería irme desde antes, con o sin corralito, porque necesitaba estar lejos de lo que fui hasta entonces… una persona bastante infeliz en muchos aspectos de la vida”, relata Sabrina Casal (29 años). “Y me juzgaron mucho por eso, lo siguen haciendo… Pareciera que a los exiliados económicos se les perdona haber ido a buscar un futuro mejor para sus hijos, pero si alguien confiesa que se va por otras causas siendo que tenía opciones en su propio país… lo menos que te dicen es ‘traidor/a’, ‘ si acá tenés todo’, ‘en ningún país te van a tratar como en el tuyo’, ‘si no sos feliz en tu país menos vas a ser feliz en otro’, ‘allá vas a ser una sucada de m…’
La única verdad, creo yo, es que vale todo lo que nos hace felices sin molestar a los demás. Y si uno necesita irse para ser feliz, entonces hay que hacerlo. Vi la oportunidad que estaba buscando y me lancé: era otro país, otro continente y otra lengua. Y según mi balance, salió bien”.
“Ya van a ver cómo se equivocan”
“Llegué a Australia con mucha esperanza, ansiedad, alegría, confianza… Lo que comenté antes, la falta de apoyo de alguna gente, me hizo más fuerte. Me dije: ‘ya van a ver cómo se equivocan, ya van a ver cómo soy capaz por mí misma de ganarme mi propia vida’…
Por suerte conseguí trabajo a los 22 días de mi aterrezaje y después de 4 entrevistas laborales en inglés. De hecho ese fue mi primer shock, el lingüístico. Yo tenía un inglés norteamericano ‘perfecto’ según mi profesora argentina, porque había estudiado desde muy chica en un instituto de allá. Así que por ese lado, no tenía ninguna preocupación. Hasta que empecé a darme cuenta que esto a los locales no les gustaba para nada. En las entrevistas de trabajo, en muchos casos hasta me corregían la pronunciación, como haría un profesor con sus alumnos, porque para ellos es molesto escuchar otra pronunciación del inglés que no sea el australiano. Y es gracioso, porque en el resto del globo se mofan de ésta. Consideran hasta grotesco el modo de hablar de los australianos. (De la misma manera que los franceses se burlan de la manera de hablar francés en otros países francófonos y los españoles lo hacen con los latinoamericanos).
Es lo que pasa siempre con el inglés y sus infinitas versiones, no solamente en Australia. Al salir al mundo real e intentar hablar con otros, ese choque se siente. Mi conclusión es que, es una gran utopía pretender hablar a la perfección una lengua aprendida, excepto que uno lo haga desde muy pequeño y con profesores nativos o viviendo en tal sociedad. ¡De hecho siento que tendría que volver a nacer y en Australia para lograr exactamente la pronunciación de la gente de aquí…! Pero uno tiene que aplicarse lo mejor que pueda y sobre todo en ‘la mejor universidad de lenguas’ que es la calle…
En mi primer trabajo (jardinera de una residencia para ancianos) mejoré muchísimo la pronunciación. Aunque cualquiera pensaría que un jardinero sólo corta el pasto, en realidad yo cumplía muchas funciones allí y hablaba con mucha gente, incluso con los viejitos que iban a ese lugar a pasar tranquilos los últimos años de su vida. Fue una gran experiencia para mí, aprendí muchísimo, desde el cuidado de las flores hasta las costumbres culturales de los australianos. Al año siguiente cuando me despedí de ese lugar, se me cayeron unos lagrimones…”.
Nada de qué quejarse
“Un año más tarde empecé a trabajar en un banco, donde sigo actualmente. Allí empecé en la ventanilla de atención al público (un trabajo horrible) y ahora trabajo en Recursos Humanos, con un grupo de gente maravillosa, de siete nacionalidades diferentes. Así que nada de qué quejarme… Pero vine en una época en que si uno quería conseguir trabajo, lo conseguía. Ahora se puso un poco más difícil porque la competencia es cruel en todas partes. El mundo se volvió una carrera laboral alocada y la gente se va enfermando de titulitis cada vez más, porque nadie quiere quedarse afuera y lamentablemente no hay puestos laborales calificados para todos. Me decía hace poco un amigo belga que en su país se están pagando fortunas a los albañiles y electricistas por ejemplo, porque hay muy pocos, porque son los oficios que nadie quiere aprender, y en cambio cada vez más gente accede a la Universidad para tener como mínimo un título. Todo esto es parte de la llamada ‘globalización’ que nos plantea cada vez más exigencias y sacrificios humanos”.
Según el cristal con que se mira
“Una cosa que me maravilló cuando recién llegué fue el transporte público, los buses, los ferris y los trenes. Para mí que venía de la selva porteña, de los pisotones y de ir siempre parada y no poder llegar a horario casi nunca… esto era im-pre-sio-nan-te. ¡Pero cómo es irónica la vida… cómo es cierto que cada uno ve todo según el cristal con que mira… más de una vez escuché a los locales quejarse de su transporte público! De la misma manera que se escucha por ahí a gente alarmada por ‘la inseguridad’… No saben lo que es la inseguridad tal como la conocemos nosotros, pero cada uno tiene sus propios parámetros según lo único que vive, del mismo modo que, mientras mejores cosas y servicios tiene, luego las exigencias también evolucionan.
En Australia no te matan por una moto o por 10 dólares, no. Hay un tipo de violencia relacionada con pandillas juveniles, como la hay en todas partes. Acá están los llamados ‘junkies’, que tienen hábitos nocturnos y andan a las patadas con la sociedad. Digamos que cometen hurtos en colectivos o en la calle (van casi siempre drogados), rayan paredes o destrozan alguna cosa… difícilmente vayan a matar a alguien para robarle algo. Son malandras, rateros inofensivos en todo caso. Pero yo sigo dejando el auto afuera y muchas veces dejé la puerta sin llave y hasta el momento jamás tuve que lamentar mis descuidos. También puedo caminar por Sidney a cualquier hora sin estar dándome vuelta cuando escucho que alguien viene atrás mío. Esas son cosas que, como dice la trillada publicidad de tarjeta de crédito, para mí no tienen precio”.
Nosotros y ellos
“Es un país de inmigrantes, y eso facilita las relaciones sociales desde mi punto de vista. Porque uno está en la misma que casi todos a su alrededor, y entonces todo fluye más rápido. Nos hacemos fuertes. En cada país donde hay inmigración masiva creo que hay un ‘nosotros’ y un ‘ellos’, y lo constato siempre que hablo con amigos argentinos que viven en Europa y Canadá. Esa frontera siempre está.
A pesar de la crisis global Australia sigue buscando mano de obra, quiere aumentar el crecimiento demográfico y repoblar las zonas menos habitadas del país (75% del territorio continúa sin habitar, aunque parezca increíble)”.
País abierto
“Australia no tiene una identidad fuerte como otros países, y pienso que se debe a la cantidad de inmigrantes que atrajo históricamente, a los pequeños submundos que se van formando. Tienen que pasar 3 generaciones para que alguien sea verdaderamente australiano (al menos es lo que se dice acá).
En cualquier transporte público uno puede escuchar a una mamá retando en chino a su hijo, a una abuela hablando en alemán, a un tipo de traje y corbata hablando por celular en francés, a otro cantando en español… Aquí es donde uno se da cuenta que el planeta es extremadamente inmenso y no alcanzaría toda una vida para conocerlo.
Lo que rescato de este país por sobre todas las cosas y aclarando que me refiero a mi propia experiencia, es que te abre las puertas si estás dispuesto a hacer bien las cosas (y esto implica trabajar, estudiar, cumplir las leyes, respetar a los demás, colaborar para que el país crezca…). Porque al mismo tiempo, Australia es un país que le debe casi todo a los inmigrantes”.
Publicado el 09/06/2010 en 30N, EDICIÓN IMPRESA
Etiquetas: Argentinos en Australia
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junio 2, 2010 Carlitos en Eslovenia
Apasionado por la música, las lenguas y la enseñanza, Carlos se desafió a vivir en la tierra de su amada, a quien había conocido en Irlanda. Y “¡la apuesta valió la pena!”, dice.
Desde febrero de 2005, Carlos Yoder (32 años) vive en Eslovenia, “un lindo paisito más chiquito que la provincia de Tucumán, y poblado por tan sólo 2 millones de personas”, cuenta. “Con mi novia -actual esposa- ya habíamos probado vivir en Buenos Aires por un tiempo, y como la cosa no había resultado buena para ambos, decidimos probar en el país de ella, Eslovenia. La idea original fue ir por un año más o menos y ver qué onda… y ya han pasado cinco años desde aquel primer y fiero invierno, por lo que puedo decir felizmente que ¡la apuesta valió la pena!”.
El guardarropa encima
“Sin dudas, lo que más me impresionó de la llegada a Eslovenia fue el frío. Tuvimos una semana entera con temperaturas mínimas de 20 grados bajo cero, cuando yo había salido de Argentina con 29 grados ‘sobre’ cero. Ahí fue cuando me di cuenta de lo mal preparado que estaba para el invierno: eché mano de casi todo mi guardarropa, y era como un hombre de Michelin caminando por Ljubljana. Una mañana inolvidable fue cuando llevé mi computadora al trabajo, a pie durante más de media hora, sorteando la nieve y el hielo, con 15 grados bajo cero.
A medida que fue pasando el tiempo, pude apreciar cómo el cambio de las estaciones se notaba fuertemente en la ciudad, las costumbres, y la gente. En Eslovenia apenas sale el primer rayito de sol primaveral, todos los bares sacan las mesas a la calle, y los eslovenos corren felices a tomar un café o una cerveza al lado del río, por más que haya 10 grados de temperatura (de hecho los bares suelen dejar mantas sobre las sillas que están en la vereda, para que los clientes se cubran en caso de que el sol se oculte y refresque).
Después de la novedad
“Creo que todo inmigrante ‘debe’ ser altamente adaptable. Parafraseando a mi inolvidable profesor de biología Gustavo Gagna, que decía que ‘el individuo se adapta, emigra, o muere’, yo esbozaría que ‘el inmigrante se adapta, muere, o se vuelve’.
Una vez que se fue apagando la ‘novedad constante’ de los primeros meses, empecé a sentirme un poco triste. No porque las cosas estuvieran difíciles en casa o en el trabajo -¡gracias a Dios!-, sino porque me daba cuenta que mi vida se había transformado en algo bastante ‘chato’. De tener una vida con un buen trabajo, amigos de toda la vida, conciertos y alumnos regulares, pasé a otra donde más que nada iba de casa al trabajo y del trabajo a casa, y donde mis únicos amigos y confidentes eran mi mujer y su familia. ¡Pavada de cambio! Además noté que me reía notablemente menos que cuando vivía en Buenos Aires.
Si a esto le agregás que el idioma esloveno fue un obstáculo muy grande durante mucho tiempo (aunque en mi vida laboral y privada me manejaba en inglés) me sentí bastante aislado. Eventualmente aprendí el idioma -y la gente es buena y me dice que lo hablo bien-, pero fue una verdadera lección de humildad el volver a empezar a aprender una lengua desde cero, a los 27 años. Los idiomas siempre fueron una pasión para mí (y de hecho ahora soy feliz enseñando castellano en Eslovenia, un trabajo que muchos extranjeros se ven forzados a realizar, pero que a mí me encanta), pero el idioma esloveno fue dificilísimo de enfrentar… y al final no hubo demasiadas víctimas…”.
Curiosidad por otras culturas
“A través de mi blog conocí a una chica uruguaya casada con un esloveno, a quienes sigo viendo cuando la oportunidad surge, pero no fui activamente a buscar argentinos… no sé muy bien por qué. Quizás por mi rechazo al estereotipo del inmigrante argentino que se junta únicamente a comer asado, escuchar tango y putear al gobierno de turno (en sí mismo un estereotipo, ¡qué ironía!), o quizás por la curiosidad de conocer otras culturas en vez de encontrarme con la propia en el exterior.
La cuestión es que luego de un año y medio de vivir aquí conocí a un grupo de gente -todos eslovenos, sin ningún lazo preexistente con Argentina- que luego se transformaría en mi grupo de pertenencia, mis mejores amigos. Con ellos compartimos intereses, valores y proyectos, y los quiero mucho.
Aprender el idioma esloveno, o en cualquier caso el idioma del país donde se vive, es algo esencial, y se lo recomiendo a cualquier persona que decida emigrar a un país que no sea de habla hispana”.
Extrañando en diferido
“La nostalgia no creo que sea algo negativo, sino más bien algo muy capaz de disparar acciones o reflexiones muy positivas. Hecha esta aclaración, puedo decir que siento nostalgia de las cosas lindas que viví durante 27 años en Argentina, o mejor dicho, tengo lindos recuerdos, y me hace bien mantenerlos vivos.
Además de la gente (familia, amigos y colegas) extraño cosas materiales puntuales como los sánguches (¡no ‘sandwiches’!) de miga, la pizza de cebolla, los ‘criollos’ cordobeses, los helados de Cadore, los restaurantes del Barrio Chino o una buena barra de chocolate Águila embadurnada en dulce de leche.
Algo que descubrí con grata sorpresa fue que extrañar, extraño ‘en diferido’. Me explico: cuando estoy en Eslovenia, poquísimas veces me acuerdo del placer de ir un sábado a la mañana al Parque Rivadavia a revolver libros y revistas, pero cuando voy a Buenos Aires y finalmente lo hago, ahí se me viene toda la nostalgia junta, y me digo ‘pucha, cómo extrañaba esto’. Me encanta esta forma de extrañar, porque es indolora. Pensándolo bien, quizás sea un mecanismo de defensa, ¿no?
Como músico que soy, creo que lo que más extrañaría, de volverme a Buenos Aires, serían cosas de carácter auditivo: el canto de los pájaros (el mirlo y el ruiseñor, mis favoritos), el ruido de la lluvia sobre el pasto, esas cosas”.
Metamorfosis personal
“Soy una persona diferente a la que dejó Argentina, es verdad, pero la culpa no la tiene Eslovenia… El hecho de verme despojado de una de mis herramientas más sólidas de socialización (mi ‘don de gentes’) a causa de la diferencia cultural y lingüística, me hizo mirar más hacia adentro: escuchar más y hablar menos, mirarse al espejo, ‘bajar un cambio’ y ver qué es lo había que arreglar internamente. En broma alguna vez escribí que Eslovenia funcionó como ‘mi retiro espiritual’… pero quizás no haya sido algo tan lejano a la realidad.
Mi viaje a Eslovenia funcionó como catalizador de un proceso de cambio que ya existía latente en Buenos Aires, pero que floreció aquí. En pocas palabras, siento que en estos años me he transformado en una mejor persona, de acuerdo a parámetros totalmente subjetivos, por supuesto”.
Blogueando
“Las nuevas tecnologías de la información estuvieron siempre presentes, y continúan estándolo, en mi vida en Eslovenia. Tiene sentido, ya que trabajé con computadoras durante muchos años, y la comunicación (música, enseñanza, idiomas) es mi pasión. De hecho escribo un blog desde mi partida a Eslovenia, que originalmente fue para evitar mandar los ‘mails-chorizo’ a la familia y amigos. Luego, con los años, se transformó más en una guía extraoficial de cómo es la vida en Eslovenia para un hispanohablante, y eso alienó un poco al público original. Y me impulsó a crear ‘Eslovenia Corazón’, un portal dedicado a todo lo que tenga que ver con Eslovenia, en idioma español. Ahora mi blog ha vuelto a ser un vehículo donde volcar textos, opiniones y reflexiones personales, sin necesidad de ser además un servicio extraoficial de información turístico-legal sobre Eslovenia”.
Cambia, todo cambia
“Nosotros los inmigrantes tendremos presencia en nuestros países de origen siempre de una manera más o menos virtual, pero nunca idéntica a la que teníamos cuando vivíamos ‘en casa’. Las relaciones con tu familia y amigos cambian, es inevitable. Algunas se enfrían, otras se cristalizan, otras se trivializan, otras se pierden, pero igual no quedan: siempre se transforman”.
La Argentina
“Veo un país igual a ningún otro, atractivo por donde se lo mire, y lleno de gente interesantísima de la cual uno podría enamorarse en un santiamén. Esa belleza, ese atractivo, eso irresistible que tiene Argentina es algo que, ironía del destino, no pude ver hasta que me fui. En cambio las pálidas, la desigualdad, la corrupción, la pobreza, la falta de trabajo, la injusticia y todo lo demás, ya los conocía muy bien. Es un país hermoso, al igual que Eslovenia, Uruguay, Irlanda, Rumania, España, India, Chipre y tantos otros. El desafío está en elegir cuál es el país donde querés vivir, eso es todo.
Mis afectos en Argentina saben cómo vivo aquí y si bien hubieran preferido que yo viviera a menos de 12 mil km de distancia de Buenos Aires, entienden mi decisión.
Nadie sabe qué pasará en los próximos cinco, diez o veinte años. Quizás volvamos, quizás no… ¿Quién soy yo para andar dando pronósticos, al fin y al cabo?”.
Los blogs de Carlos
Eslovenia Corazón (http://esloveniacorazon.si)
Argentino en Eslovenia (http://blog.argentinaslovenia.com)
Publicado en 30N, EDICIÓN IMPRESA, 02/06/2010
Etiquetas: Argentinos en Eslovenia
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mayo 29, 2010 Tan lejos, tan cerca
Hace 8 años que Alejo partió a experimentar la cultura en otra capital del mundo, Bruselas. Su apego a la Argentina le llevó a encontrar en la Web 2.0 el instrumento ideal para seguir siempre conectado.
“Mi novia (ahora mi mujer y madre de mi hijo) se había venido antes a estudiar, y durante un año y medio nos la pasamos cruzando el Atlántico. Fue muy loco porque la situación era obviamente heavy en Argentina, y yo me estaba yendo de lo más feliz (la decisión era anterior a la crisis), cuando el resto de la gente que se iba lo hacía con bronca. Una situación muy extraña”, expone Alejo Steimberg (35 años), porteño residente en Bruselas desde 2002.
La vida cotidiana
“Yo creo que cuando uno se muda dentro del hemisferio occidental las diferencias más grandes (más allá de obviedades como la arquitectura o el urbanismo) se sienten en la vida de todos los días. En Argentina, por ejemplo, los bares están abiertos todo el día y muchos también de noche, y en el mismo lugar podés desayunar, almorzar, cenar, tomar algo… En Bélgica hay catorce mil clases de lugares para ir a comer, cada uno con sus horarios y tipos de comida ultraespecíficos. Medias lunas o facturas, por ejemplo, sólo conseguís en las cafeterías/ panaderías, que cierran muchas veces a las tres de la tarde. Y otra cosa es que los mingitorios en los bares están muchas veces en el pasillo que lleva al baño, a la vista. Shock cultural, que le dicen.
Ya había ido otras veces, conocía bastante. Pero Bruselas es una ciudad muy bella, con una actividad cultural intensa y variados festivales, a veces gratis. Aunque la falta de sol puede llegar a ser bastante deprimente (detesto las afirmaciones contrafácticas, pero muchas veces pensé que Bruselas con otro clima sería casi perfecta).
En algún sentido todo era nuevo (nunca había vivido afuera), pero justamente eso era lo que me gustaba”.
El oficio de las letras
“Mis áreas de trabajo tienen que ver con la cultura y la comunicación. Unos de los trabajos que tuve fue desarrollar el dispositivo de comunicación de la Oficina Agrícola de la misión Chilena ante la Unión Europea. También he participado en la organización de eventos culturales (como el festival Borges 2006 en ese año) y trabajado como traductor literario y en la enseñanza de lenguas.
En relación con lo literario, aquí presenté mi libro de poesía p, editado en Argentina por Vox. La misma editorial editó la antología de poesía belga en francés que realicé con Laura Calabrese y que recibió un subsidio de la Comunidad Francesa. Y tengo una tesis doctoral sobre ciencia ficción en curso”.
Los encuentros
A la pregunta de si tuvo necesidad de buscar otros argentinos allí, Alejo responde: “En algún momento lo hice, pero después me entregué al azar de los encuentros fortuitos, y así es como conocí a los argentinos de los que me hice amigos. El problema de los encuentros entre gente de un país es que muchas veces no tenés más que eso en común, lo cual a veces es bastante poco”.
Sin beso, por favor
“Las lenguas se aprenden, pero con respecto a lo cultural me pasó una cosa bastante ridícula en un lugar en el que trabajé (que no mencionaré por motivos obvios). Era un lugar chico, y cuando yo llegaba saludaba a las tres secretarias con un beso. Bueno, las señoras le fueron a pedir a mi jefa que por favor dejara de saludarlas de esa manera. Ya había trabajado en otros lugares donde la gente saludaba con beso, pero una anécdota así creo que es impensable en Argentina”.
Integración y multiculturalidad
“En Europa hay dos grandes modelos de relación entre distintas culturas dentro de un mismo país: el de la multiculturalidad y la integración. El primero, en el que se intenta influir lo menos posible en las culturas minoritarias, es el dominante en el reino Unido y en los Países bajos; el segundo, en el que el énfasis está puesto en la creación de reglas claras para todos para facilitar la vida común, es típico de Francia. Bélgica tiene más que ver con el modelo francés, aunque se trate en un caso de un país que se define como neutro y en el de Francia de un país laico. Una de las cosas buenas de ese modelo es que justamente le apunta a la convivencia (más allá del éxito puntual que se obtenga en cada caso)”.
Descubrimientos culturales
“Bruselas es una ciudad muy cosmopolita y muy mezclada, evidentemente con diferencias por zonas o barrios. La oferta cultural es muy variada, lo cual incluye la gastronomía (a mí me interesa mucho la cultura alimentaria), desde lo más exclusivo a lo más popular. En general es la cocina popular la que me interesa. Así he llegado a aficionarme al ‘ndolé’, un plato de áfrica subsahariana, en su variante camerunesa, que lleva en general carne, pescado o pollo en una salsa que incluye unas hojas amargas muy ricas de las que toma el nombre y se acompaña con arroz, plátano frito o ‘fufu’, pasta de harina de mandioca”.
Francófonos y flamencos: la unidad ficticia
“Lo de la crisis belga es sumamente complicado. Algunos especialistas señalan que el hecho de que hasta para las elecciones generales las listas estén divididas por lengua o comunidad influye profundamente en la división de la población, ya que todo legislador o mandatario estará representando siempre a una de las dos comunidades y no existen partidos federales. El problema es que a esta altura eso es difícilmente modificable.
Y evidentemente el conflicto afecta la vida en general, ya que consume recursos y dinero y eso no ayuda en nada a la gestión de la crisis económica”.
La talla justa

“Qué echaría de menos de Bruselas… Es algo que sólo podré descubrir realmente si me voy, pero supongo que cierta facilidad que tiene en tanto que ciudad no muy grande que al mismo tiempo dispone de las comodidades de una metrópoli”.
La red y la blogósfera
“El desarrollo de Internet es algo que modifica la calidad de vida de quienes pueden acceder a ella, y ni que hablar de los emigrados o expatriados. Es algo que permite seguir muy en contacto con el país de origen. En mi caso, entre otras cosas por medio de mi participación en la blogósfera política con mi blog Enanos en Elefante que hago de semi-incógnito. Es que cuando empecé con los blogs (primero con un blog poético) ya participaba en la Red por medio de foros y publicaciones electrónicas con mi nombre en cosas más académicas, y me interesaba una recepción más ‘virgen’, por decirlo de alguna manera. Ver a quién podía interesar por lo que decía y no por quién lo decía. Y después me acostumbré y me gustó esa especie de esquizofrenia creativa. Pero creo también que escribir sin tu nombre exige un comportamiento particularmente respetuoso, para que no se convierta en una coartada para decir cualquier cosa”.
La cosa pública
“A mí me parece que sólo tiene valor responder esa pregunta (¿Qué te gustaría que cambie en Argentina?) para cosas que uno puede cambiar, y viviendo afuera evidentemente no son tantas. Lo que la Web 2.0 sí permite es expresar tus posiciones y participar en discusiones que te interesen sobre la cosa pública, y eso es algo que hago con ganas desde mi blog. También se puede influir en lo que pasa en tu país, por supuesto, votando. En ese sentido me encantaría que la iniciativa Provincia 25, que apunta a crear una jurisdicción electoral específica para los argentinos en el exterior, como existe para los expatriados de otros países como Italia o Colombia, llegara a buen puerto. Me parece mucho mejor que votar según el distrito en el que votabas antes de irte, y más real.
A mí me interesa mucho la política, y veo con alegría su revalorización luego del vacío de representación causado por la crisis del 2001”.
La idea del retorno
“Siempre es una posibilidad, sobre todo en un momento de crisis como el que pasa Europa ahora, con el agravante local de la crisis política belga. Nunca digas nunca, dicen por ahí, y tiene razón”.
Publicado en 30NOTICIAS, EDICIÓN GRÁFICA 25/05/2010
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Etiquetas: Argentinos en Bélgica, Argentinos en Bruselas
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mayo 29, 2010 Apuntes de viaje
Desde pequeña, Laura tenía un plan que ahora está concretando: conocer el mundo. Viajar, observar, trabajar, convivir, aprender. Y finalmente, regresar.
Desde el 1 de enero de 2010, Laura Marcos (26 años) se encuentra en Bruselas, Bélgica, donde trabaja de Au Pair y en donde espera quedarse hasta fines de año. Pero su tour por el mundo se inició en Estados Unidos, y son los pormenores de esa primera experiencia los que comparte en esta oportunidad:
“En diciembre de 2008 salí por primera vez de la Argentina para irme a trabajar a Miami por cuatro meses y medio, con una visa de trabajo para estudiantes”, cuenta esta cordobesa de origen, cuyas ansias por conocer el mundo despertaron a los 11 años. A esa edad –relata– estaba “motivada por los documentales de la National Geographic que veía en la tele”. “Estudié Administración Hotelera y Gestión de empresas de turismo y transporte, y realmente estoy muy conforme con esa elección porque la industria de la hospitalidad se desarrolla en todas partes, le da trabajo a mucha gente y te pone en contacto con el mundo como ninguna otra a través del aprendizaje de diferentes idiomas y distintas áreas culturales como la geografía, la etnología, la historia y las diversas formas de interpretar la realidad. Y una de las cosas que más me interesa es aprender lenguas, ya que la comunicación es el puente del aprendizaje”.
Miami en tiempos de Obama
“En el año 2008, casi sobre el límite de la fecha para hacer los trámites de la visa, decidí viajar a Estados Unidos. Me fui sin trabajo, sin casa, con media valija y mil dólares. Me junté con otros cinco chicos argentinos para compartir la vivienda allá. Lo primero que hice, antes de buscar trabajo, fue ir a la playa…
Me acuerdo que era un día nublado y había un viento terrible que levantaba la arena, pero nosotros estábamos chochos tomando mate, fascinados con el color del agua. También creo que fuimos de los pocos que se animaron a bañarse un día tan feo.
No soy de las personas que viajan para comparar los lugares nuevos con el país de origen, ya que no voy a quedarme a vivir definitivamente en otro lado. Realmente considero que el atractivo está en lo que hace a cada lugar único en el mundo, y la motivación surge de lo diferente a lo ya conocido. Tener el mar azul a ocho cuadras de casa es algo impensado para un cordobés.
Fue muy difícil conseguir trabajo cuando llegué, casualmente en la época de la crisis global y de la asunción de Obama, a quien mucha gente votó porque es negro, y muchos no, por la misma razón. Por lo que resta, no le preguntes a un norteamericano sobre ideas políticas…
Empecé a trabajar en una agencia de viajes y en un hotel donde me crucé con gente de todo el mundo. Estados Unidos fue un país muy curioso en aspectos que no me imaginaba, sobre todo en cuanto a la calidad de vida y la sociedad. Y eso lo pude percibir gracias a que formé parte de esa sociedad por ese lapso de tiempo”.
La vida norteamericana
“Me sorprendió el esfuerzo que tienen que hacer los jóvenes que terminan la escuela y empiezan a hacer su camino en la vida, cuando no tienen el privilegio de tener padres que hayan ahorrado toda la vida para pagarles la universidad. Mis compañeros de trabajo usaban todo su sueldo para pagar el college (institutos educativos de nivel terciario, o inferior al de la universidad) y los gastos de transporte. Los sueldos básicos para empleados no son suficientes para cubrir el costo de vida, a menos que cuenten con un título de cierto grado o hayan alcanzado un puesto de autoridad. Yo compartía los gastos de la casa con otras 5 personas, pero honestamente no sé cómo hubiera sobrevivido sola. Conozco gente que ganaba más, pero tenían que trabajar más días y en horarios rotativos, lo cual hace muy difícil programar otra actividad, como un estudio o alguna salida cultural.
Mis compañeros de trabajo me hacían reír mucho. En más de una ocasión me vi en la tarea de explicarles por qué en Argentina es verano cuando allá es invierno y viceversa, o informarles que Canadá es el nombre del país que limita con el de ellos al norte, y que Nuevo México no es otra nación… Después de un tiempo, lo gracioso comenzó a ser algo triste”.
El trabajo
“Otra cosa que me llamó la atención de Miami es la escasa regulación que hay en materia de industria turística, en el marco de las empresas y agentes de turismo. Hay muchas personas que venden tours en la calle, sin ningún tipo de permiso o formación, y son los que más venden en South Beach. No pagan impuestos y la única garantía real que tiene el cliente es un recibo no oficial y la posibilidad de encontrar al vendedor en el mismo lugar al otro día. La agencia en la que trabajaba tenía muchos años y estaba inscripta en la Cámara de Comercio, pero no por eso dejaba de ser esclava de los vaivenes del sistema capitalista.
En la agencia de viajes, fui empleada por una señora colombiana muy buena, que me ayudó muchísimo durante mi estadía e incluso me trató como a una hija. Gracias a ella conocí otros lugares de Florida y la Riviera Maya, en México. Y me contó cómo unos años atrás, a raíz de una pequeña crisis económica, su empresa perdió 400 mil dólares, y por supuesto nadie se los devolvió”.
El sistema sanitario
“He visto gente trabajar ‘todos’ los días hasta doce horas para mantener a su familia. Incluso tenía una amiga que debía pagarle a su dentista 800 dólares por salvarle un par de dientes que estaban infectados. De hecho, ese era otro tema preocupante para mí durante mi estadía en EEUU: la salud. Me fui con el mejor seguro para trabajadores extranjeros que se puede contratar, pero desde Argentina me advirtieron que ni se me ocurriera ir al médico por un simple dolor ya que presentando el carnet todavía debía pagar 50 dólares simplemente por la consulta. Eso me llevó a observar el comportamiento de la gente ante problemas de salud: existen las Pharmacys, grades tiendas en las que se venden medicamentos, productos de perfumería y alimentos en góndolas de las cuales las personas se auto-sirven. He visto gente comprar cosas para las cuales en Argentina se necesita receta, y otras de venta libre en cantidades cuyos recipientes no me imaginaba que pudieran existir. Por suerte no me enfermé nunca…”.
Fast food
“La comida, como todos saben, es bastante calórica y los lugares más baratos son los locales de comida rápida, donde acude la mayoría de la gente por el ritmo de vida: casi nadie tiene tiempo para cocinar. En las góndolas de los ‘markets’ se ve gran variedad de productos extranjeros y alimentos que se nota que han viajado desde lugares remotos en un cubo de hielo antes de llegar a nuestros estómagos…”.
Un sistema contradictorio
“A pesar de todo, disfruté al máximo de mi temporada en Miami. Justamente porque para mí ‘la búsqueda’ en los viajes no consiste en determinar todo de antemano. La cosa pasa por involucrarnos en otra parte del (mismo) mundo en el que vivimos, y disfrutar de lo que hace que cada lugar sea lo que es. Miami es una ciudad bastante ciudada, muy linda, generalmente los espacios públicos están limpios, la gente respeta a las autoridades, hay bastante control policial en la zona turística (incluso vestidos de civiles), el clima es propicio, y es un lugar ideal para comprar y admirar objetos materiales.
Pero honestamente, al cabo del tercer mes esto no era suficiente para mí. Imaginarme viviendo en un lugar en el que la gente acepta trabajar arduamente para pagar precios altísimos por servicios como la salud o la educación (que son en realidad derechos humanos), generó en mí una sensación de desprotección y miedo. Se acepta que una operación para solucionar un problema de salud pueda costar 30 mil dólares cuando una camioneta usada cuesta alrededor de 3 mil. Se trata de vivir observando y admirando cosas que no se necesitan. La gente es muy feliz, mientras tiene dinero”.
En el camino se aprende
“Por lo pronto, he concluido que pese a las deficiencias en nuestro país de las cuales nos quejamos la mayoría de los argentinos, tenemos UN GRAN PAÍS, y más motivada me siento a regresar con cada viaje para trabajar por él y contribuir a mejorar algún día la situación”.
Si Faulkner viviera…
“El último mes en EEUU fui a visitar a alguien que conocí, que vivía en un pueblo cerca de Atlanta, en el estado de Georgia. Le pedí que me acompañara a una tienda de libros para llevarme algo de literatura norteamericana en idioma original. Él es un estudiante universitario de Administración de Empresas que trabaja en una fábrica de implementos para armas de fuego. Mientras yo buscaba en las góndolas, me observaba con cierto escepticismo, y en un momento se dirigió a mí: ‘Coincido con lo que siempre dice mi padre… no veo cuál es la gracia de leer cosas que nunca pasaron en realidad’”.
Publicado en 30N EDICIÓN GRÁFICA el 19/05/2010
Etiquetas: Argentinos en EEUU, Argentinos en Miami, sociedad norteamericana
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mayo 29, 2010 En la piel del que se fue
Para un hijo y nieto de españoles, la puerta de salida daba a España. Desde Palma de Mallorca, Alberto apunta su experiencia y sus pensamientos sobre ambas orillas.
“Recuerdo que de la Rúa ya había salido en helicóptero de Casa de Gobierno y yo todavía no había podido reunir el dinero suficiente para comprar el pasaje de avión. Luego los presidentes se sucedían entre las marchas de protesta, cacerolazos y cortes de ruta… recuerdo lo complicado que fue acceder a Ezeiza”, evoca Alberto Gomez (39 años). El país ardía, y un pasaje con destino a cualquier cosa parecía (y para mí era) la única salida. Pero no fue de bronca: ya años antes venía tramitando el pasaporte español con esa intención. El viaje coincidió simplemente con ese escenario, el de un país que se desfondaba y en el que dejaba atrás todo lo que un emigrante fatalmente deja”.
La España floreciente del 2002
“Un paso fugaz por Madrid y un viaje en tren a la provincia de Cáceres, de donde son mis padres y abuelos… Tuve la inmensa suerte de ser recibido con un cariño y una generosidad como para la gratitud infinita. Pero las oportunidades allí eran más bien escasas y me fui a Mallorca en busca de trabajo que -para mi bien- encontré a los pocos días. Por aquel tiempo la situación económica era floreciente, sobre todo si la comparamos con la actual.
Decir que llegué con la documentación en regla y que fui bien recibido es muy significativo, pues me ahorró una larga lista de penalidades por las que vi pasar a tantos otros sin esa suerte.
Al poco tiempo recalé en Valencia y Alicante. Un paso por Barcelona y algunas aventuras por Alemania (Stuttgart y Colonia). Pero las cosas no se dieron bien y regresé a Mallorca, donde me era menos difícil volver a colocarme en un empleo. Aquí pasé la mayor parte del tiempo, pero aclaro que he estado volviendo al país por breves estadías constantemente.
He escuchado por ahí la definición de ‘exiliado económico’. Parece rebuscado el eufemismo, pero su significado es el adecuado en mi caso y no me molesta para nada”.
Santa Fe, querida y detestable
“Lo que quedaba atrás era la ciudad de Santa Fe, donde nací y viví sin solución de continuidad. Mi mundo era su entorno y a lo sumo el de la región litoral, no más.
Santa Fe: detestable y querida. Veranos de un calor horroroso. Humedad. Yuyos que crecen cinematográficamente. Mosquitos imposibles. La cordialidad. Colón. La infancia entre vecinos que tomaban fresco en las veredas y se espantaban los mosquitos con ramitas de paraíso. Tormentas eléctricas. Campitos. El olor del jazmín. La flor del zapallo en un baldío. Si llueve, torta frita. Las calles del centro y los barrios de calles de tierra. El tiempo retenido en costumbres para la amistad, hechas de indolencia y mansedumbre. También la frustración. La impotencia. La injusticia. Y un largo adiós a todo eso”.
Del empuje a la crisis
“Recuerdo el asombro de los primeros días. La necesidad de coraje para enfrentarse a las cosas. Los trabajos: camarero, jardinero, tendero, peón, parado, vendedor y seguramente alguna cosa más. Los envíos a la familia. La belleza del paisaje. La seguridad. La sensación de que las cosas funcionan y de que existe una cierta normalidad a la que es bueno acostumbrase. La sensación de que se puede, de que se sale adelante. Pero eso fue hace cierto tiempo… Hoy en día es diferente: España atraviesa una grave crisis económica sin que se vea una salida a mediano plazo y eso se nota. Se nota en una desocupación de alrededor de un 20% y en un grave endeudamiento del Estado. No menos grave es el endeudamiento de la gente y el avivamiento de conflictos regionales que por suerte nuestro país no padece”.
Los más y los menos
“Aparte de la oportunidad de trabajar creo que hay también otras cosas que le debo a España, y particularmente a Mallorca, y es la oportunidad de discriminar no sólo lo bueno y lo malo del país, sino también, por comparación, hacer lo propio respecto a Argentina como organización política y como sociedad. Comparar podrá ser odioso, pero es inevitable.
Admiro la urbanidad de los españoles, cierto civismo que respeta el espacio público tanto como el privado. El gusto por la buena mesa. El éxito económico. La seguridad social. El seguro de desempleo. Una marcada predisposición a la honradez en las transacciones. La confianza en la palabra. Pero cuidado, es España un país rico en tradiciones y pueblos, políticamente complejo, acendrado en costumbres seculares y estas tendencias (que siempre presentarán sus excepciones) pueden variar según la región de la que hablemos.
Otras cosas no admiro. El sistema educativo, por ejemplo. La brusquedad (ahora estoy hablando de Mallorca). El malhumor porque sí, por deporte. La infantil pretensión de hacerse satisfacer cualquier demanda de forma inmediata, perfecta. La incapacidad política, de la mano del sectarismo que caracteriza a la izquierda y los nacionalismos. El complejo ideológico respecto a la idea de nación, más o menos presente en toda España, de la mano de la identificación primaria con lo comarcal, que llega al absurdo. El desinterés por la cultura. La constatación de que para un mallorquín (¿debería decir para un español?) ser un consumidor exigente, incluso petulante, es más importante que ser ciudadano”.
Mirar hacia afuera y hacia adentro
“Que nadie piense que al emigrar a tierras de sus abuelos europeos necesariamente hallará la imagen de ese país que fue forjando el trato familiar con los suyos. Hallará otra cosa, aun tratándose de España o Italia, como una dureza en las relaciones a la que puede uno no acostumbrarse pero tampoco cambiar. Y es que la Argentina no es un artefacto troquelado con retazos de la parte mediterránea y central de Europa: es un producto nuevo, por cierto original y vivo, aunque nos divierta y hasta parezca fácil rastrear el origen de personas y costumbres, de jergas y comidas. A 200 años del nacimiento de la patria, parece una verdad de perogrullo, pero es aquí, en la piel del que se fue donde se experimenta.
Recuerdo haber escuchado hasta el cansancio la idea de que los argentinos padecíamos del defecto de vivir mirando hacia afuera, hacia Europa precisamente; de preocuparnos en demasía por la opinión y la estima de los demás. Nunca me pareció extraño en un país de inmigrantes ni mucho menos un defecto. Desde mi experiencia en Mallorca, hoy considero que es más bien una virtud: mirar hacia afuera no deja de enriquecer, además de que siempre se mira con los ojos propios. Más pobre me parece lo contrario: vivir mirándose el ombligo”.
El ser nacional
“A ningún lugar del mundo le faltará nunca nada de lo humano. Creo sí que hay características, tendencias, una actitud quizá hacia las cosas que se presentan notables en algún lugar. Si hablamos de la Argentina, cómo no pensar en la afabilidad natural de la gente, en la frescura, en esa capacidad para la ironía y el juego verbal, en la creatividad. Cómo no pensar en los que entregan parte de su vida a una pasión no remunerada o por solidaridad simplemente. En los que siempre lucharon y en los que siempre fueron estafados y en los que no dejan de luchar sin perder la inocencia. Cómo no pensar también en el orgullo de los argentinos, que nadie entiende, porque en sus términos aceptables no es otra cosa que una manifestación del amor.
¿Será necesario hablar de nuestra incapacidad para la organización política, para la administración? La viveza criolla. La ignominia de la miseria injustificable. La impunidad. La injusticia de la Justicia. Para qué nos vamos a amargar. Mencionarlo basta”.
Transacción personal
“Actualmente pienso en volver, pero jamás le diría a nadie que emigre o se quede, que vuelva o no vuelva nunca. Emigrar es una transacción muy personal, solamente uno sabe de sus necesidades y de los términos profundos de esa transacción”.
La España de la deportación
“No puedo dejar de decir algo sobre un hecho que me produce cierta melancolía, y es el destino de los ya miles y miles de argentinos deportados de España. Rechazados sin bajar del avión; deportado incluso alguno que venía por un funeral, a pesar de la disposición a depositar los tres mil euros exigidos por las autoridades. Yo no voy a lloriquear con aquello de las ayudas de Perón en épocas de hambrunas, aquello de los barcos cargados de trigo y carne que por cierto entiendo que fueron pagados, no regalados. Pero el hecho de que la presencia actual de españoles en el país pueda fácilmente cuadruplicar a la de argentinos en España, el hecho constatable de no ya la aceptación de los españoles sino también del cariño con el que sólo un argentino puede hablar del ‘gallego de acá a la vuelta’, no deja de producirme una honda desazón. Podrá objetarse que se aplican normas de la Unión Europea, que es como decir eso de ‘no fui yo, fue mi mano’. Pero veamos. En España ya hay varios millones de inmigrantes sin documentación a pesar de las regularizaciones generales que ha habido, y mientras se impide en nombre de las normas europeas el acceso al país de miles de argentinos, por otro lado España es un colador para la inmigración del norte y centro de África. Aquí esas deportaciones son mínimas y hasta las mismas autoridades ‘liberan’ constantemente por las calles de Madrid, Valencia, y otras ciudades a miles de personas que no conocen el idioma, pertenecen a una cultura muy diferente y practican religiones que en algunos aspectos ofenden la legislación española. Pero además no les dan la documentación para trabajar ni entran en ningún programa de integración, lo cual demostraría una verdadera compasión por estas personas, sin duda merecida. Brillante política inmigratoria que supongo tiende a fomentar el próspero mercado de la venta ambulante y la mendicidad. Quizás la intención es el enriquecimiento cultural, pues buena parte de este contingente tiene costumbres y profesa creencias tan simpáticas como el islamismo radical, la desconsideración absoluta de la mujer, o la ablación del clítoris. Bien. Sigan deportando argentinos nomás. Aunque no sea consuelo para quienes sufrieron esa desgracia, pensar en los posibles efectos (que no deseo) de tan inteligentísima política inmigratoria hace que venga a mi memoria aquel personaje que solía decir: ‘La venganza será terrible’.”
Publicado en EDICIÓN GRÁFICA de 30N el 12/05/2010
Etiquetas: Argentinos en España, Argentinos en Palma de Mallorca, España: deportación de argentinos, Santafesinos en España
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